La revelación de Fernando Simón es una apostasía velada. «Las cosas no van bien». Ese sustantivo indeterminado permite concretar en una sola frase la sarta de despropósitos que estamos viviendo. Podría parecer que habla del virus y eso bastaría: somos de nuevo el país europeo con más contagios por cada cien mil habitantes en las últimas dos semanas y el presidente sigue de vacaciones en Doñana.

Nos aproximamos a los 400.000 positivos oficiales y acumulamos el once por ciento de los enfermos de todo el continente a pesar de que nuestra población no llega al ocho por ciento del total. Los médicos claman por la confección de una estrategia despolitizada, meramente técnica, porque la pandemia se ha descontrolado y el temor a una segunda ola tan letal como la primera es cada vez mayor.

Y los confinamientos puntuales empiezan a dejar de ser noticia. Sí, efectivamente, «las cosas no van bien». Los datos no engañan. Pero el sujeto de la frase, «las cosas», es tan rico semánticamente que se puede interpretar como una confesión subliminal del doctor sobre el descalabro de España en todos sus frentes. A lo mejor la historia de los contagiados en la mancebía de Alcázar de San Juan simboliza este despiporre. Corremos el riesgo de morir, pero no podemos admitirlo si queremos conservar la vergüenza intacta.

A lo sumo, podemos seguir la filosofía de Rafael de Paula que ahora trata de copiar Simón. Un periodista le preguntó una tarde de toros: «Viene usted muy elegante, ¿no, don Rafael?». Y él contestó: «No es elegante, señor, es una cosa de las cosas».

En una cosa de las cosas cabe todo. No vamos bien, por ejemplo, en la organización de la vuelta a las clases. La ministra Celáa ha desaparecido para que el marrón se lo coman las taifas, cada una a su bola y todas con los sindicatos en armas allá donde gobierna la derecha.

Y a dos semanas de que abran otra vez los colegios, no hay un solo español, viva donde viva, que sepa todavía con precisión qué tendrá que hacer con sus hijos, a lo que hay que sumar la insurgencia de esos padres sobreprotectores que anuncian pellas. Es decir, ninguna familia de este país tiene certeza de cómo se va organizar mañana mismo.

Y la marea continúa subiendo: el pago de los Erte sigue siendo un choteo, 300.000 negocios permanecen cerrados, el turismo sufre las órdenes internacionales de guardar cuarentena a los que hayan pasado por España, el Gobierno pretende quedarse con los ahorros de todos los ayuntamientos a través de una expropiación bananera, sólo se ha gestionado el uno por ciento de las peticiones de la tan cacareada Renta Mínima Vital, huele a despidos masivos tras el verano, soportamos la mayor caída del PIB de Europa, siguen aumentando las colas de los bancos de alimentos, tenemos una tasa de paro tercermundista, proliferan las milicias vecinales contra los okupas porque las administraciones no actúan y la generación que supuestamente tiene que rescatarnos corre el riesgo de perder otro curso.

Las cosas no van bien, claro que no. Porque mientras los peores gestores de la historia nos hunden en la miseria y nos entretienen con un acoso «fake» al vicepresidente, con el derribo del pacto constitucional a martillazos contra la Monarquía, con un manoseo de la Justicia que permite a un condenado de los ERE charlar amigablemente en la playa con el ministro del ramo o con sus concesiones a los sediciosos catalanes, el PP está ocupado en sus luchas internas.

La brillantez oratoria de Cayetana frente a su soberbia. El giro a la centralidad de la ultraderecha. Este es el debate que nos han colocado mientras Simón suelta por lo bajini, con aire paulista, el reconocimiento de una debacle: no se trata del virus, señores, eso sólo es «una cosa de las cosas».

Alberto García Reyes ( ABC )