LAS CUENTAS ECHADAS

Cuando todo esto acabe -«esto» es la comedia de los pactos, el mercado negro de los votos- te darás cuenta de que el final será el que estaba previsto desde el principio. Que los partidos, y en especial el PSOE, tenían tomadas sus decisiones en la noche del escrutinio, puede que incluso antes, y que durante estas semanas o meses sólo han pretendido encontrar el modo de justificarse a sí mismos.

Desde que la política se convirtió en un asunto de marketing, la teoría de los marcos mentales se ha desarrollado hasta extremos paroxísticos, trasladándose desde la lógica disputa por las ideas dominantes a la de un combate entre consignas y argumentos nimios: que si tú no me apoyas, que si yo te veto, que si te vas con Vox yo me largo con Bildu, que si tus aliados son menos legítimos que los míos.

Se trata de encontrar pretextos para simular un proceso de decantación que nunca ha existido; para envolver estrategias trazadas de antemano en la escenificación de un debate ficticio. Habrá investidura con Podemos y la colaboración del separatismo o nuevas elecciones, y jamás nadie ha contemplado la hipótesis de otro camino.

Porque fue Sánchez el que planteó las elecciones como un dilema: a un lado la foto de Colón, el trifachito, las tres derechas, y al otro él con su bloque de la moción de censura sin opciones intermedias. Ganó él, qué se le va a hacer, aunque la victoria se le quedó algo estrecha para permitirse el lujo de dejar, como le hubiese gustado, a los indepes fuera.

Hace tres años, en 2015, sacó un resultado mucho peor e hizo las mismas cuentas, al punto de que los suyos tuvieron que defenestrarlo para que no armase la inquietante coalición que tenía en la cabeza. Ahora que es presidente gracias a ella y que lidera con claridad el bloque de izquierdas, quién podría ser tan ingenuo para imaginar en serio que sienta remilgos de reafirmarse en su idea. Si ya aceptó los votos de los golpistas y se sentó en Pedralbes a su mesa, como va a ver en su abstención un problema.

El único detalle problemático del plan es que esta vez las urnas arrojaron la posibilidad de una mayoría entre socialistas y Ciudadanos. Pero Rivera le había puesto las cosas fáciles durante la campaña con su insistente rechazo: bastaba con organizar un clima de opinión que culpase al líder naranja de frustrar el pacto por su tozudo empeño de ir con el PP y Vox de la mano.

Nada difícil cuando se dispone de fuerte apoyo mediático. Ya sólo queda blanquear a Bildu por si Junqueras baja el pulgar a última hora desde su encierro y es menester exportar a las Cortes el flamante modelo navarro. Ésa es la etapa actual: la «normalización» de los chicos malos, aunque para el caso haya que cometer la tropelía de equiparar a Ortega Lara con sus victimarios.

No te dejes engañar con cuentos ni baratijas. Frankenstein o elecciones: ésa ha sido desde abril la única alternativa.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor