Nada es para siempre. Las democracias nacen, crecen y mueren. Hay muchos ejemplos en la historia sobre cómo un régimen representativo puede acabar en una dictadura. Hitler fue elegido canciller democráticamente en enero de 1933 y, dos meses después, aprobó una ley por la que asumía todos los poderes, incluido el legislativo.

Esto no va a suceder en España donde no hay peligro de volver a la dictadura que gobernó durante 36 años. Pero sí que existe un evidente deterioro de las instituciones y de la convivencia política, amenazadas por el sectarismo y el clientelismo.

La legitimidad de una democracia no sólo se sustenta en el cumplimiento de la Constitución y las leyes, algo necesario. También existen una serie de reglas no escritas cuyo respeto es esencial para que el sistema funcione. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt sostienen en ‘Cómo mueren las democracias’ que un régimen parlamentario puede convertirse en una dictadura sin vulnerar la legalidad formal.

Basta con que la mayoría no respete los derechos de las minorías, que se produzca una demonización del adversario, que se abuse del control de los medios de comunicación, que no exista transparencia en las decisiones, que los procedimientos se perviertan.

No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que muchas de estas cosas se están produciendo en España, donde la vida política está viciada por el cortoplacismo, el permanente electoralismo y un cainismo que hunde sus raíces en el pasado. Todo esto ha deteriorado la legitimidad del sistema y empuja a algunos ciudadanos a la abstención y al alejamiento de la política.

El espectáculo que está ofreciendo el Parlamento no puede ser más degradante. La votación de la reforma laboral ha dejado en evidencia tanto al Gobierno como a la oposición, que compitieron en despropósitos. Ni siquiera la presidenta del Congreso estuvo a la altura de sus responsabilidades.

Lo que pone en evidencia esta crisis que viene de lejos es que la gran asignatura pendiente de nuestra democracia es la regeneración ética de la política. Ningún partido, y digo ninguno, ha mostrado el menor interés en acabar con el nepotismo, las puertas giratorias, la falta de ejemplaridad, la corrupción y la patrimonialización partidista de las instituciones. Las nuevas formaciones han reproducido las mismas prácticas que las viejas, demostrando un doble rasero que desalienta a los votantes.

Todo ello ha favorecido la expansión del populismo y de unos nacionalismos identitarios que desprecian la tolerancia que caracteriza a los regímenes parlamentarios. Sí, las democracias pueden morir, incluso de éxito, cuando se ignoran esas normas no escritas.

La clase política ha emprendido una deriva que fomenta la vuelta a un autoritarismo que algunos ya conocimos muy bien.

Pedro García Cuartango ( ABC )