LAS ESCALERAS DEL KREMLIN

Cuando Boris Yeltsin visitó por primera vez Barcelona en 1990 todavía no había alcanzado el poder. Tuvo una hernia discal y el secretario general de la Presidencia de Jordi Pujol, Lluís Prenafeta, le hizo operar por unos médicos y con una tecnología que en la Unión Soviética no podían ni soñar: el entonces simple diputado quedó muy agradecido y se hicieron con Lluís muy amigos. Al año siguiente, Prenafeta dejó la Generalitat y empezó a representar a la empresa Chupa-Chups, que quería fabricar en Rusia. Llamó a su amigo para que le ayudara a comprar campos de remolachas para extraer el azúcar y el ya presidente Yeltsin le invitó al Kremlin. Mientras subía aquella imponente escalinata pensó: “¡Ay, si me viera mi padre!”, a quien la FAI persiguió por ser de Acción Católica. El presidente le prometió el doble y gratis de lo que le había pedido.

Junqueras es el independentista más inteligente, el que menos confunde lo que quiere con lo que hay, uno de los pocos que no acabará inhabilitado y el único que podrá convertir la derrota secesionista del 1 de octubre en una victoria política y personal. Estoy convencido de que en sus delirantes reuniones con Puigdemont y la CUP también piensa en lo que le diría su padre si le viera entre semejantes personajes. Pero ayer cometió el error fundamental de no distinguir entre su afán y lo sucedido y anunció siendo mentira que el Supremo suspendía la intervención económica de la Generalitat.

Al catalanismo político le quedan pocas notas de calidad para sobrevivir con alguna dignidad a la humillación que él mismo está a punto de infligirse. Hace tiempo que Junqueras da por amortizada la juerga del 1-O y piensa mucho más en los hilos del día 2 pero actuaciones como las de ayer le alejan de la solución y le hunden en el problema. Y lastimosamente le hacen parecer el tonto que no es: más Bergoglio que Ratz quien presume y con razón de haber tenido un acceso privilegiado a los archivos del Vaticano.

 El circo del secesionismo tiene ya a suficientes payasos que piensan que hacen una guerra y se hacen pis encima como niños. Todos hemos pensado alguna vez lo de Prenafeta subiendo las escaleras de nuestros Kremlins particulares y sin embargo ahí hemos estado hasta el final, porque la vida es extraña y no podemos jugar con cartas distintas de los demás. Por cierto que lo que de aquel viaje Lluís sobre todo aprendió fue que no podía fiarse de las promesas de Yeltsin porque de buena mañana iba completamente borracho.
Salvador Sostres ( ABC )