En el presente perpetuo y global sin límites actual, las fronteras parecen haber perdido su razón de ser. El limes del sentido común de una entera civilización está cayendo silenciosamente delante de los ojos enceguecidos de sus ciudadanos.

El discurso de la corrección política sobre la cancelación de las fronteras, el derribo de los muros y límites, no solo nacionales sino de todo tipo -como si de un mantra sagrado se tratase- se está instalado con absoluta normalidad en la cultura de Occidente. Del otro lado del limes está la barbarie.

La civilización se funda en la frontera, el límite del territorio que señala lo propio de lo ajeno. Recordemos la fundación de Roma con el surco abierto por Rómulo, que no dudo en defenderlo ante el desafío de Remo, su propio hermano. La frontera, el límite no es solo territorial sino también cultural, natural, de pertenencia y se sostiene en continuidad de la tradición, fundada en el origen de un pueblo.

Por ello, la cultura de la cancelación y No Border globalista, necesita acabar con las fronteras. Si se quitan las fronteras se pierden las normas, las leyes que regulan la convivencia, la libertad y la seguridad. Todo se pierde si se suprimen los estados soberanos.

Cuando prevalece el caos desaparecen los límites entre el bien y el mal, y sin norma no hay diferencias; y sin ellas no hay identidad, dignidad, soberanía, libertad ni civilización. La caída de las fronteras implica la pérdida de la libertad, dejando paso a la anarquía, la tiranía o el despotismo. Sin fronteras no hay civilización.

Los medios de comunicación y entretenimiento, y la enseñanza en todos sus ámbitos, han vehiculizado el pensamiento único global como la nueva ideología de cancelación de identidades, soberanías, patrias y naciones, remplazadas por las llamadas sociedades abiertas.

Ese pensamiento es el nuevo catecismo tolerante pregonado a nivel mundial por intelectuales, artistas, personalidades mediáticas e incluso por el mismo Papa de Roma. En definitiva, es el advenimiento salvífico del mundo del Imagine de John Lennon, como el modelo global del buenísmo hecho realidad.

La publicidad de la Cruz Roja con la imagen “mariana” de la voluntaria blanca que sostiene en sus brazos al “crístico” migrante negro es un ejemplo de la perversión manipuladora del uso de la imagen con dudosos fines filantrópicos.

Vemos en los telediarios las imágenes del asalto fronterizo masivo imparable y la violación de la frontera nacional sin consecuencia alguna. Lo preocupante es que ello no ha sido percibido como un peligro, como una amenaza a la libertad, como una invasión en toda regla con lo que ello implica, sino como una crisis migratoria, humanitaria o diplomática, que debe ser tratada con la acogida del que entra sin permiso y por la fuerza, de quien osa cruzar el surco sagrado de Rómulo.

Esa narrativa es la de la ideología sin fronteras globalista, una herencia del cosmopolitismo ilustrado y masónico, el internacionalismo marxista, el catolicismo postconciliar derivado de lo que en Italia se conoce como catocomunismo, y el capitalismo financiero ultraliberal de mercado en manos de las elites apátridas.

El mundo sin fronteras es la utopía verde, sostenible, resiliente y ecopacifista de los nietos del 68, a las órdenes del entramado tecnofinanciero de la élite global. Una cruel paradoja de la historia en la que la contracultura se convirtió en la cultura dominante.

Sin fronteras no hay sentido religioso y metafísico de la vida, no existe una geografía ancestral ni vínculos familiares. Sin frontera, muro protector, limes no hay trascendencia, ley, patria, orden, cultura, familia, tradición, identidad, libertad, soberanía, dignidad. Si nada de ello existe no hay humanidad, hombre, mujer, pasado, presente, futuro, y sin ello, solo queda por delante la distopía transhumana que nos ofrecen a cambio de dejar de ser quienes somos.

Las fronteras protegen, cuidan y salvan civilizaciones. Son el baluarte y el sustento soberano de los pueblos y han servido para reconocer al otro, para dialogar o enfrentarse reafirmando la identidad. Cuando las fronteras se violan, se invade. Cuando ello sucede, se gana o se pierde, no hay otra posibilidad.

En la defensa de las fronteras y del limes cultural se juega la pervivencia o la desaparición de la civilización,  la soberanía, la libertad y la vida.

Nada más y nada menos.

José Papparelli ( El Correo de España )