Rusia es hoy la cárcel de la opinión libre y la disidencia en Europa. En ese gran país, gobernado por un enano gigante gracias al poder que ha acumulado con la complicidad de su legión de millonarios corruptos y mafiosos, el presente y el futuro inmediato de sus hombres y mujeres que se atreven a protestar está en las mazmorras o en el frente de Ucrania.

El gobierno del dictador Putin tiene abiertos dos frentes: el de Ucrania y el de Moscú , porque salvo los mamporreros y lamedoras que siguen defendiendo en los medios de comunicación  europeos la legitimidad de esta guerra y por consiguiente los bombardeos contra hospitales o población civil ucraniana , otros  muchos ciudadanos protestan y piden el fin de la agresión  y por eso son detenidos  por la policía rusa bajo la amenaza de pasar más de diez años encarcelados.

Esa es la ley de Putin: meter en la cárcel a cualquier ciudadano que proteste contra esa guerra, aunque sea una anciana que vivió la segunda guerra mundial o una joven como Marina Ovsiannikova, que trabajaba en la cadena Pervy Kanalde de la televisión rusa, seguida por millones de espectadores, que exhibió un cartel de protesta contra la guerra y denuncio la manipulación de la información sobre lo que sucede en Ucrania, porque está prohibido y castigado llamar guerra a la guerra.

Los rusos están condenados al silencio si están en su país, y lógicamente tienen libertad para decir lo que les venga en gana si lo hacen desde otros países, como bien sabe Luisivaya la youtuber rusa afincada desde hace años en España, y que antes de este conflicto ya era conocida por sus análisis políticos sobre nuestro país, por su estilo irónico y crítico.

Desde que empezó la guerra ha dejado atrás sus bromas y, legítimamente, se ha posicionado en favor de los que está haciendo Putin, porque, aunque dice que le repugna esta guerra, la entiende, y basa sus argumentos en que el gobierno de Ucrania no es inocente.

Sé que cualquier metáfora es una figura literaria y poco rigurosa, pero me arriesgaré con el ejemplo de que el matón no tiene más razón que el débil que se excede cuando la respuesta no es proporcionada.

Seguir defendiendo a Putin, su represión contra su propio pueblo y sus amenazas contra el orden mundial es tan legítimo como estúpido, porque la libertad de pensamiento no tiene límites de la misma forma que la defensa del débil tampoco debe tenerlo.

Cuando los análisis sobre la vida y la muerte, la verdad y la mentira, la libertad y la opresión se hacen con la asepsia de los cínicos, sus argumentos decaen en el terreno de lo inmoral.

Diego Armario