LAS JUNTAS DE DEFENSA DE LA ESPAÑA BUENA

Existe una España buena. Ayer, en ese degradado pozo negro de miseria antiintelectual, mezquindad ruin y zafiedad totalitaria que es la Universidad en Barcelona, la representaba Cayetana Álvarez de Toledo, que acudía con la pretensión de hablar de una opción política de paz, libertad y bienestar.

No pudo hacerlo. Porque existe también una España sórdida, encanallada, violenta y extremista. Que es la representada por la jauría de jóvenes intoxicados y enfermos de odio ideológico que intentaron agredirla. La España siniestra que odia a España no es menos española que la otra.

De que exista esta España de odio y rencor tiene gran culpa la otra, la que ha permitido que creciera, malcriado en la permanente tolerancia del abuso y le ha permitido crecer en la fanática creencia de sus mentiras, porque no hubo nadie con valor, lealtad y gallardía para defender la verdad y enseñar a respetarla.

Hace tres lustros, un jefe de gobierno español llegó al poder cabalgando sobre trenes repletos de cadáveres e impuso la revancha y la mentira como razón política suprema. Desde las sedes sitiadas en jornada de reflexión, la España buena ha estado permanentemente acosada.

Su intento de liberarse de esa humillante degradación en 2011 fue fallido, porque todo el poder reunido en la mayoría absoluta se lo entregó a unas manos débiles, indolentes, corruptas y al final traidoras. Como ya había sucedido antes a este pueblo tan descreído como iluso con aquella vana esperanza con Fernando VII.

La España buena ya era agredida mucho antes. Durante décadas mataron a miembros suyos muy ilustres en el País Vasco para generar terror. Y el terrorismo fue muy eficaz. Muchos se fueron y los demás callaron. En Cataluña sucedió otro tanto de forma menos sangrienta y más artera.

En todas las regiones se instaló la pequeñez, el particularismo y interés mezquino. Nadie salvo el Rey y algunos guardias y jueces valientes han defendido a España. Todo ha sido desprecio y humillación hacia la nación de la que emana la soberanía, el Estado y la Constitución.

Esta constitución con la que justifican los pesebres autonómicos que dan cobijo a la casta política adicta al erario. Bienvenida era la hispanofobia que evitaba toda revisión del esperpento autonómico, garantía de clientelismo, división, desigualdad y precariedad.

Hermann Tertsch ( ABC )