Los que hemos tenido el honor de mandar alguna vez con motivo del ejercicio de nuestra profesión, al menos en la mayoría de los casos, nos ha gustado -hablo por propia experiencia- rodearnos de subordinados y colaboradores competentes y bien preparados, aunque solo fuese por el simple hecho de que nos facilitarían más nuestro trabajo.

Esta máxima, que debería constituir todo un axioma, al parecer no rige para el tipo del pantalón del pitillo, rodeado siempre de lacayos mediocres, posiblemente con el único fin de destacar por encima de todos ellos, cual gallo en un gallinero.

Lo hemos visto en una buena parte de los ministros y colaboradores que acaban de caer como fruta madura o, mejor dicho, como rama de un árbol podrido que, día tras día, se va deshaciendo hasta que de él no quede el mínimo vestigio ni recuerdo.

Sin embargo, nos sorprende como es posible que, haciendo la limpieza a fondo que ha hecho, poniendo en práctica aquello de “limpio mi casita, tralaralaria”, en el transcurso de una crisis de gobierno monumental, provocada por los grandes errores cometidos a lo largo del último año y medio, todavía se mantenga en sus puestos a esa colección de ignorantes podemitas, sin cualificación ni personal ni profesional alguna, que, siendo generosos en su calificación, sirven más de estorbo que de utilidad.

Suponemos que, más allá de pactos y componendas, el que designa, nombra y releva a los ministros es, en todos los casos, el jefe del ejecutivo. De esta forma, cuando se hace una limpia se procede a eliminar, en primer término, a los más incapaces. Así, por lo menos, ha sido siempre, aunque, a lo que se ve, la cosa no va, a día de hoy, por esos derroteros.

Efectivamente, la totalidad de los cesados se han ganado a pulso y sin recato, pasar a su nueva situación; unos por acción y otros por omisión y al referirme a omisión lo hago pensando en que la mayoría de los españoles ni los conocíamos, ni sabíamos sus nombres y mucho menos su función en un gabinete auténticamente mastodóntico, creado para colmar la codicia de unos y otros, incluso esos cuya representación parlamentaria no pasa de una treintena de escaños y la formación que representan se encuentra, actualmente, en caída libre.

Pues bien, he aquí que, el tipo del pantalón de pitillo, en su insano afán de perpetuarse en el poder, releva a ministros procedentes de su partido, el que lo encaramó irresponsablemente al poder, y mantiene en sus puestos a los miserables podemitas, a cada cual más incompetente y sectario y lo hace simplemente porque a esos miembros del gobierno no los nombra él, en un completo ejercicio de bajada de pantalones.

Ahí sigue, por ejemplo, la otrora concubina del macho alfa, hoy ya en situación de reserva transitoria. Una tipa mediocre, prepotente y rencorosa que ella sabrá como se ha ganado el puesto que ocupa y que, en todo caso, no ha sido, desde luego, por su competencia profesional ni por su catadura moral y que, por su manifiesta incompetencia largamente demostrada, hace tiempo que debería estar en su casa para evitar que haga un mayor mal a los españoles.

Esa tipa siniestra, que pretende inculcarnos su insana ideología de género, inventándose un tercer sexo, de ahí lo de todos, todas y “todes”; esa malvada proabortista que concede más valor a un perro que a un niño no nacido y que clama por la ilegalización de todo aquel que levante la voz contra sus mezquinos y miserables postulados ideológicos, alentando a las masas aborregadas de la ultraizquierda para que salgan a incendiar las calles de España, en una demostración del talante “democrático” de esta gentuza donde, esta tipa, encuentra su único caladero de votos.

También sigue ahí el tipo ese de los bogavantes y del fua, un vulgar lametraserillos de las logias globalistas. Ese que, en un desprecio total a España y a los españoles, lleva tiempo intentando cargarse, sin recato alguno, nuestras mayores fuentes de riqueza.

Primero fue el turismo al que degradó con sus palabras y ahora el sector ganadero. Hace falta ser muy lerdo para salir con propuestas como esa de que tenemos que comer carne sintética, la que fabrica su amo Bill Gates, pues la de verdad es mala para nuestra salud. Que este tonto de baba se deje ya de velar por nuestra salud y nuestro bienestar y se vaya, en el mejor de los casos, para su casa que es donde mejor está.

De igual modo, sigue ahí, la niñata de los uniformes. Esa de mirada tonta de no romper ni un plato, que aconseja a sus correligionarias que no se maquillen y caso de hacerlo que lo hagan con tonos suaves y poco llamativos pero que quiere que aquellos que la rodean se conviertan en maniquís al más rancio estilo de mitad del siglo XX.

A estos comunistas y populistas siempre les han encantado los uniformes, al menos que los vistan los demás. No hay más ver los países en los que tales regímenes criminales gobiernan para verificar estos extremos. Se trata, simplemente, de rodearse de una colección de siervos anónimos, vestidos todos de igual guisa, al gusto de la niñata de marras. Se salva esta gente de no vivir en el siglo XVIII pues de ser así ya los veríamos vestidos de palafreneros.

En igual medida, también repite cargo la ilustre llorona. Otra incompetente de tomo y lomo que desconoce lo que se trae entre manos; una mediocre en el sentido más extenso del término, cuya única preocupación, convertida en auténtica obsesión, más allá de seguir los consejos de su correligionaria, la niñata de los uniformes, es cambiar de “look”, como dicen los pedantes, a diario.

Quién ha visto y quien ve a esta comunistilla de medio pelo, con aires de burguesa decadente desde que tomó posesión de su cargo. ¡Cómo cambia la vida cuando pisas alfombra y ocupas poltrona! Pues esta, también sigue ahí.

Por supuesto que los cesados merecían pasar a su nueva situación, aunque el primero que la merece es el tipo del pantalón de pitillo, sin embargo, muchos más méritos o deméritos que los ganados a pulso por los depuestos, han hecho los de esta nueva casta podemita que, además de incompetentes y miserables, odian a España a muerte y su único objetivo es cargársela ayudados por golpistas, anarquistas, perroflautas y filoterroristas y demás canalla.

Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )