LAS MIL Y UNA CARA DE SÁNCHEZSTEIN

En El arte de la mentira política, el médico y satírico escocés John Arbuthnot hace una mordaz crítica de los dos partidos hegemónicos -los Whigs y los Tories- de la Inglaterra del XVIII. Partiendo de que existe una disposición fisiológica del ser humano al engaño, este polímata define la política como «el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables con un buen fin».

Hecho este aserto de fácil suscripción pública, establece diferentes sofisterías. Así, junto a la «mentira calumniosa» o a la «mentira por aumento», refiere la «mentira por traslación», esto es, la que transfiere el demérito de una mala acción a los demás.

En España, lo ejemplifica el presidente en funciones, Pedro Sánchez. Una vez que no le ha quedado otra que poner boca arriba las cartas tapadas desde la noche del 28-A y de forzar una reedición electoral el 10-N con la que anhela engordar los 123 escaños cosechados hace cinco meses, carga sobre espaldas ajenas un fiasco que él ha perseguido deliberadamente. Como él mismo, por cierto, le afeaba a Rajoy cuando se hallaba en parecido trance tras los comicios de 2015. Con una salvedad, no nimia.

A diferencia del otrora inquilino de La Moncloa, que precisaba de la abstención del PSOE para desbloquear su investidura, Sánchez ha podido hacerlo a izquierda y a derecha. Bien con su declarado «socio preferente» Unidas Podemos, bien con Ciudadanos remozando el Pacto del Abrazo de 2016 con Rivera.

Para negar tamaña evidencia, Sánchez reacciona con la desenvoltura que Jonathan Swift, coetáneo de Arbuthnot, aleccionaba en sus Instrucciones a los sirvientes: «Cuando hayas cometido una falta, muéstrate siempre insolente y descarado, compórtate como si fueras la persona agraviada».

En esta «gran timba nacional», de la que hablaba un Unamuno repuesto cinematográficamente por Amenábar con su reciente estreno sobre el sabio vasco, Sánchez iba de farol camuflando su decisión de ir a una reedición electoral que, a modo de segunda vuelta, le permita gobernar libre de pies y manos.

Pero sin que los españoles tengan claro qué pretende hacer con ese hipotético cheque en blanco. Con un gobernante carente de principios y exento de escrúpulos, cualquier temeridad puede tener cobijo.

Nunca quiso pactar con aquellos a los que escogió como socios preferentes tras escuchar desde el balcón de Ferraz cómo sus corifeos, cual eco de sus deseos, coreaban «con Rivera no». Al tiempo que se volvía hacia su mujer lanzándole una sonrisa cómplice, les respondía complacido: «Yo creo que ha quedado bastante claro, ¿no?»

Sánchezstein desatiende el consejo de John Arbuthnot en El arte de la mentira política. Quien fuera galeno de cabecera de la reina Ana de Gran Bretaña recomendaba a los políticos que no se creyeran sus particulares embustes.

Un exceso de celo en el ejercicio del arte de la mentira podría hacer que algunos tomaran por ciertas sus propias patrañas y que intentaran resolver los asuntos de Estado en función de las engañifas que ingeniaron para satisfacer sus ambiciones de poder.

Lo hacía a sabiendas de que, en la práctica, era materialmente imposible encontrar políticos capaces de hacer semejante esfuerzo de contención.

Mucho menos cuando el mayor de los mentirosos cuenta con crédulos a machamartillo en sociedades teleadictas con memoria de pez, cuya retentiva de homo videns dura lo que va de un telediario a otro.

Francisco Rosell ( El Mundo )