LAS NEGACIONES DE PEDRO

Sánchez no tiene ningún problema con España, pero España tiene un problema con Sánchez. El presidente del Gobierno no tiene problema alguno a la hora de pedir consenso para acabar con el virus de la corona que se ha hecho el rey de la actualidad. En realidad no lo pide: lo exige.

Todos tenemos que remar en la misma dirección, y cualquier crítica a la actuación del Gobierno se interpretará como un exceso, como una muestra de insolidaridad, como un ataque a la legalidad y a la democracia. De ahí a llamar fascista al que lo haga va un paso. O medio. Lo dice porque él lo vale, porque él podía atacar de forma despiadada a Rajoy cuando nos enfrentamos con la cris del ébola, pero ahora nadie puede toserle con los del coronavirus.

Las dos varas de medir se multiplican cuando la izquierda toma el mando. El sacrificio de un perro durante la crisis del ébola levantó dolorosas ampollas en el mester de progresía. Aquella enfermera, infectada por su irresponsabilidad, estuvo a punto de provocar la dimisión de la ministra de Sanidad, o eso era lo que pedían los mismos que ahora exigen silencio cómplice.

Pues por mucho que sellen los labios con el índice del silencio que tanto molestaba a Quevedo, la sociedad tendrá que pedirles responsabilidades a quienes autorizaron la manifestación del 8-M y ahora mandan a los niños a casa para que los cuiden sus padres, y no su legítimo propietario, que es el Estado según Celaá.

Se juegan partidos de fútbol a puerta cerrada por orden gubernativa después de que miles y miles de personas se manifestaran de forma masiva sin que la autoridad hiciera nada por impedirlo: que Sánchez hubiera suspendido esa manifestación convocada por uno de sus pilares ideológicos, o directamente propagandísticos, es algo que no cabe en cabeza alguna.

Lo suyo es decir en cada momento lo que conviene. Y en hacer eso mismo, lo que le venga bien en cada circunstancia. El domingo había que manifestarse contra el machismo y el fascismo, y al día siguiente era peligroso que un niño acudiera a clase. Lo de siempre.

En este carrusel de incoherencias, lo mejor está por llegar. Están afilando las puntas de los lápices para trazar, otra vez, la raya de las dos Españas que tantos réditos electorales les da. A un lado, los partidarios de las procesiones religiosas que pertenecen al oscurantismo, a la piedad que nada tiene que ver con la ciencia, a la superchería que les lleva a dar besos a las imágenes o a sacarlas durante la Semana Santa.

Al otro, la España de la razón, de la técnica y la tecnología, la España ilustrada y heredera del Siglo de las Luces. Ya están cocinando el caldo de cultivo que les permita prohibir las procesiones de Semana Santa para solaz de los anticlericales que viven del presupuesto público.

Si vivieran del turismo, otro gallo cantaría: el de las negaciones de Pedro. De Pedro Sánchez, que no tiene ningún problema con España, esa nación que niega cuando le conviene y que siempre debe estar a su disposición.

Francisco Rosell ( ABC )