YO PROMETO, YO PROMETO, YO PROMETO,YO PROMETO, YO PROMETO, YO PROMETO, YO PROMETO, YO PROMETO, YO PROMETO,YO PROMETO, YO PROMETO.

Y así lleva el día a día don Alberto Núñez Feijóo desde que se hizo cargo de la Presidencia del PP. Dos promesas diarias (aquello de Suárez de “Puedo prometer y prometo” se queda corto). Así que a este ritmo tendrá que decir 756 promesas más.

Seguro que llegará un día, incluso, a prometer sembrar en los jardines de la Moncloa (si algún día llega) el árbol de la ciencia del bien y del mal del paraíso.  Sin darse cuenta que mientras él hace promesas el sibilino Pedro Sánchez le está desmontando el Estado y, probablemente, hasta conseguirá que no haya urnas en 2023 o si las hubiere serían para ratificar su permanencia en la Moncloa.

Yo que sigo la actividad diaria de unos y de otros ya me levanto por las mañanas preguntándome qué promesas hará ese día don Alberto… y queriendo o sin querer más de una mañana se me viene a la cabeza el chiste que circulaba por mi pueblo durante mi infancia.

Había un viejo que se pasaba el día en los bares diciendo: “cuando yo era … cuando yo era… cuando yo era… cuando yo era… cuando yo era”… hasta que un día un vecino se le enfrentó y con mucha socarronería le espetó a su cara: “pues, ¿sabes lo que te digo? Que no hace falta que nos cuentes lo que tú eras, porque nos basta con ver lo que eres ahora” “Ya lo sé, pero no hace falta que me lo digas, UN MIERDA”… “Hombre, yo no quería decir tanto”.

También se me vienen a la memoria aquellos versos de Pemán en “El Divino impaciente”

Ignacio:
El dolor
de tu alma ardiente, Javier:
me da pena verla arder
sin que dé luz ni calor.
Eres arroyo baldío
que, por la peña desierta,
va desatado y bravío.
¡Mientras se despeña el río
se está secando la huerta!

Javier:
No vive, Ignacio, infecundo
quien busca fama.

Ignacio:
¡Qué abismo
disimulado y profundo!

¡Qué importa ganar el mundo
si te pierdes a ti mismo?

Javier:
¿Me quieres, pues, apartado
de todo? ¿Pides, quizás,

que deje hacienda y estado?…
Me pides demasiado….
Ignacio:
¡Yo te ofrezco mucho más!
Cuando el aplauso te aclama,
ya piensas que estás llegando
a tu más alto destino.
¿No ves que el tuyo es divino
y que así te estás quedando
a la mitad del camino?

Por tanto, deje usted de hacer promesas y haga lo que tiene que hacer: ceder la antorcha a doña Isabel, que es la que, ciertamente, puede desbancar a don Pedro y ocupar la Moncloa.

Julio Merino ( El Correo de España )