LAS UVAS DE LA PACIENCIA

Decían los antiguos que la naturaleza nos puso en posesión de esta única cosa fugaz, resbaladiza, que es el tiempo; pero en realidad el tiempo juega con nosotros.

Los filósofos hablaron del tiempo circular, del eterno retorno: los acontecimientos se repiten y también los pensamientos. Parece que el presente sólo es un punto de apoyo entre un cubo de cenizas que hubo y una caja de cenizas que habrá. «Más fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades», dice Cervantes. Y añade: «La vida corre sobre las ligeras alas del tiempo».

No sabemos lo que es el tiempo y siempre lo estamos midiendo. Los primeros relojes y calendarios estaban escritos en el firmamento. Luego se inventaron los relojes de sol, de luna y de arena. Se atenían a las fases lunares y se seguían observando el vuelo de los pájaros y las entrañas de los gansos. Parece que el cronómetro es una invención de los monjes para ir a los rezos y recordar que morir tenemos. Para los marxistas, el progreso fue la lucha contra el reloj y las excesivas horas de la jornada laboral.

Sólo los reyes y profetas de la Biblia tuvieron poderes para cambiar el curso de los astros. El reloj de Acaz retrocedió 10 grados el cuadrante del sol como señal de que Ezequías se había curado; y Josué detuvo el sol a mediodía para que le diera tiempo a matar a los soldados enemigos.

Julio César, en el año 45 antes de Cristo, mandando en la tierra y en el cielo, quiso controlar el tiempo y decretó una drástica reforma del calendario. Encargó al astrónomo de Alejandría Sosígenes la reforma del almanaque. Según algún historiador, la rebelión de los hispanos aceleró la reforma. Plutarco, el narrador portentoso, escribe: «La reforma del calendario y la rectificación de la igualdad en el cómputo del tiempo, sabiamente meditadas y llevadas a buen fin por César, fueron de una preciosa utilidad». Se fijó la duración del año en 365 días y casi 6 horas, con un margen de error de segundos. Ovidio, en el destierro de Tomis, durante el reinado de Augusto, escribe Fastos, y hace una larga elegía al calendario juliano: el tiempo como devorador y la condena a vivir en la oscuridad. El calendario duró hasta la reforma del Papa Gregorio XIII.

El juliano y el gregoriano, y hasta el reloj de la Puerta del Sol, nos confirman que el tiempo es una sucesión infinita de instantes, con los mismos errores y estupideces. Después de engolletarnos con uvas y falsas esperanzas, los hechos turbulentos se suceden en España, entre gritos y petardos, en una repetición infinita.

Raúl del Pozo ( El Mundo )