¿Se imaginan ustedes una escena en la que un hombre o una mujer le dice a su pareja “discúlpame por haberte puesto los cuernos con el vecino del quinto”?

En España está mal visto  pedir perdón, y  cuando uno perjudica a otra persona ya sea mediante la mentira,  el robo o  la violencia, no puede decir solamente “lo siento”, que es como presentar una disculpa  por no haberle cedido el paso a una persona mayor en el autobús, sino que debería mostrar su  reconocimiento de culpa y arrepentimiento, con una petición de perdón,  que es una forma de amnistía que solo puede otorgar el perjudicado.

Pero vivimos en un país en el que algunos le piden perdón a Dios ante que a los hombres  y además consideran que es un signo de debilidad descender al nivel del ofendido y reconocer que no tenía derecho a tratarle con menosprecio.

La humanidad dará un gran paso el día que un político convoque una rueda de prensa y diga “Les pido perdón por haberles mentido, por haber robado, por haber  agredido a paraguazos en la cabeza a mi mujer, por negarme a informar del uso que hago de los bienes del estado para  mis juergas con mis amiguetes, por haber jugado al escondite con el número de fallecidos en el COVID , por la descoordinación en la administración de las vacunas o por haber hecho un reparto de las mismas con criterios políticos en vez de sanitarios.

Pero, como pone en la puerta del infierno de Dante  “Lasciate ogni speranza”  porque será más fácil que otro Armstrong llegue a la luna a que un político español se arrepienta de ser un  mentiroso  o un chorizo, porque la estafa, como expresión de una forma de gobernar, está durando mucho tiempo  y no tenemos a un Cicerón que escriba a Catilina preguntándole “¿hasta cuando abusarás de nuestra paciencia?”

Los que nos gobiernan son unos estafadores con conciencia de impunidad,  amparados por una sociedad narcotizada por la propaganda,  que no cree en los Reyes Magos con el argumento de que Baltasar en un concejal pintado de negro,  pero tiene fe ciega en los mayores expertos del toco mocho que han conseguido escalar  desde el lumpen al Consejo de ministros.

No recuerdo a ningún Presidente de gobierno, salvó al uruguayo José Mujica, que haya hecho coincidir su discurso político con su conducta pública y privada, y aunque  eso indica  que es muy difícil que una persona decente alcance la presidencia de un país,  no significa que resulte imposible.

Diego Armario