LENIN, LENNON Y REVOLUCIÓN

Catherine Merridale, profesora británica de Historia Contemporánea y especialista en Rusia, ha hecho su aportación al centenario de la Revolución de 1917 con un libro titulado ‘El tren de Lenin’. Merridale recrea con detalle el viaje del líder bolchevique desde su exilio en Suiza hasta Petrogado y relata los comienzos de la revolución, con especial atención a las intrigas diplomáticas y el espionaje de las potencias europeas en ese acontecimiento que cambió la historia del mundo. Para ponerse en situación, Merridale hizo el mismo viaje del tren de Lenin a través de Alemania, Suecia y Finlandia.

Buscando las huellas revolucionarias, llegó al hotel Savoy de la ciudad sueca de Malmö donde esperaba encontrar la placa metálica conmemorativa de la noche en la que Lenin y “sus hambrientos camaradas cenaron allí después de su travesía en transbordador desde Alemania”. Le preguntó a la recepcionista dónde podía encontrar la placa y ésta le respondió con perplejidad: “¿Lenin?, ¿no querrá decir John Lennon?”. La escritora se sorprendió tanto más cuanto que la recepcionista era rusa. La viajera acabó encontrando la placa de Lenin, bien que eclipsada por las de otros huéspedes más famosos como Lennon. “Cogí el tren para recrear un viaje de hacía un siglo, pero he escrito este libro porque todos vivimos en un mundo distinto”, dice Merridale.

En este “mundo distinto”, donde la fama de Lennon es muy superior a la de Lenin,algunos pueden confundirse de momento histórico. La dirigencia del independentismo catalán ha pasado a la fase revolucionaria, según escribe Lola García en La Vanguardia, después de ponerse por montera las normas y usos parlamentarios. Las élites catalanas -cosmopolitas, cultas, estetas, ricas y finas como ellas solas- han sucumbido al empuje de las revolucionarias de la CUP. Los historiadores y teóricos de las ideas políticas se enfrentan al reto de explicar los motivos y las circunstancias del viaje en el que Artur Mas Anna Gabriel se han hecho colegas de revolución contra el Estado.

Algunas de las escenas que se han filmado en Barcelona en las últimas semanas guardan parecido con las revoluciones de los libros de Historia. La CUP y los movimientos independentistas gritan: “Fuera el Borbón“. Como si Felipe VI fuera Nicolás II y la Monarquía española actual un trasunto de la dinastía de los Romanov. La democracia española puede estar anquilosada y tener sus defectos -muchos-, pero presentarla como una dictadura que oprime y agrede al pueblo catalán no se compadece con el más mínimo sentido común.

Quizá los líderes independentistas debieran dejar de jugar a la revolución. No pueden ganar este pulso. El Estado español parece débil, pero no lo es tanto. Lo demostró hace tres años, cuando se produjo en España un momento delicado con aromas revolucionarios. Apareció Podemos, primero a lo lejos y después más cerca, en un contexto de furia e indignación por la corrupción y los dramáticos costes sociales de la crisis. El Estado -del que el Gobierno sólo es una parte- supo ver lo que venía por el horizonte. Se dio cuenta de que el statu quo de la Transición estaba en peligro y frenó los brotes de la revolución, sacrificando a su propia cabeza, en la persona del Rey Juan Carlos. Porque, como dice la historiadora británica, la Europa de 2017 no es la Rusia de 1917.

Lucía Méndez ( El Mundo )