Lentejas y Sánchez

Eran días joviales. En la primera legislatura de Zapatero el viento soplaba de popa, la mar estaba en calma chicha y el barco avanzaba a toda máquina. Vista tanta bonanza, el lince de León llegó a la conclusión de que la economía rodaba sola. España crecería perpetuamente. Ya no era necesario centrar el foco en las aburridas cuentas. Ahora las prioridades eran otras: reabrir las heridas de la guerra civil, inventar subsidios incosteables, obligar a los coches a circular a 110, incordiar un poco a los católicos… Pero llegó el calambrazo de la crisis de 2008. El país constató perplejo que cuando la economía pincha nuestras vidas se desmoronan.

Pueblo amnésico, ya hemos olvidado que en el verano de 2012 la prima de riesgo marcó 650 puntos, que los despidos masivos eran rutina, que aquí no invertía ni un jeque con quince dioptrías y que España estuvo a punto de irse directamente al carajo. Con un tremendo esfuerzo de todos se logró salir del abismo. El Gobierno recuperó la disciplina fiscal y acometió ajustes y reformas. Los españoles aceptaron una devaluación salarial durísima para que el país volviese a ser competitivo. La UE sufragó un rescate enorme para enjugar las gamberradas de nuestras cajas de ahorros. Tras tragarnos varias botellas de jarabe de ricino, España volvió a levantar cabeza.

El país recuperó el crédito en los mercados, retornó la inversión exterior y durante los tres últimos años se ha crecido por encima del 3% y recortando aceleradamente el desempleo. Un éxito. ¿Y cómo lo celebramos? Pues en lugar de proteger la delicada flor de la economía, la estamos atrofiando con dos plagas de laboratorio: el golpe separatista catalán y el populismo demagógico.

La izquierda sociológica suele caricaturizar a los mercados como un ente maligno e irreal. Pero si aproximamos la lupa, descubrimos que en última instancia los conforman inversores de carne y hueso de aquí y allá: el jubilado noruego que guarda su dinero en un fondo de pensiones; el gran fondo internacional que coloca su capital donde detecta prosperidad y oportunidades; el ahorrador español que invierte sus ahorros en Bolsa… Los mercados no son un ente psicótico y arbitrario. Su regla número uno es sencilla: el dinero huye de los problemas. Por eso el Brexit ha metido un rejón a la economía británica; por eso tres mil empresas se han largado ante los vientos supremacistas catalanes, por eso la prima de riesgo de Italia se desmanda tras la chifladura de entregar el Gobierno a un cóctel de xenófobos del Norte y frívolos antieuropeístas del Sur.

Ayer el Ibex se pegó un castañazo (-2,49%) y la prima de riesgo escaló hasta los 140 puntos. El dinero recula ante el planazo que propone Sánchez: gobernar sin haber ganado las elecciones y con el apoyo de los comunistas de Podemos y los partidos sediciosos catalanes. Sánchez ya está poniendo en jaque nuestras lentejas: la Bolsa ha perdido 24.460 millones desde su gloriosa moción. El marianismo comienza a verse bajo otra óptica. Para cierta derecha posh carece de garra y glamour, y realmente lo ha rodeado demasiado mangante; pero al menos el funcionario gris de Pontevedra no jugaba con las cosas de comer.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor