LETAL BAILE DE MASCARILLAS

A principios de ese marzo no tenía «ningún sentido» utilizar mascarillas en espacios públicos, Simón dijo. Luego, durante todo ese mes despiadado que traía cada mediodía el espanto de quinientos o más muertos, el mensaje fue que si no se estaba enfermo (algo difícil de determinar porque tampoco se realizaban test masivos) lo mejor era no usarlas porque daban «falsa sensación de seguridad», Simón dijo.

Ya en abril se hicieron «obligatorias» pero solo en el transporte público. En mayo, nuevo cambio, y entonces «ni sí ni no, pero vaya usted a saber» porque eran «altamente recomendable para las personas sanas», Simón dijo. Aunque a los tres días, y cuando la Comunidad de Madrid dispuso una gratis para cada madrileño, Simón volvía a torcer el morro y aseguraba que «no conviene sobreactuar».

Ahora, tres meses después y cuando los contagios son muchísimos menos que en aquella tormenta de infecciones y ataúdes, la llamada «nueva normalidad» -esa que en manos de este Gobierno casi despierta temores orwellianos- hace obligatorio el uso de mascarillas en espacios públicos.

Al menos hasta que se disponga de una vacuna o medicina eficaz contra el Covid-19, o hasta que el Gobierno determine lo contrario. Y si no, cien euros de multa. La «nueva normalidad» incluye una distancia de seguridad de metro y medio, menguando medio metro lo recomendado hasta ahora. ¿Por qué?

Este impresentable baile de mascarillas, este torpe rigodón sobre su uso y eficacia, ejemplifica el desconcertante comportamiento del Gobierno y lo perdido que se ha hallado en toda esta crisis.

Lo letal para la tranquilidad de una nación aterrorizada era precisamente esa yenka de los criterios presuntamente médicos que se alegaban en cada una de esas fases. Aunque lo cierto es que la no obligatoriedad siempre coincidía -¡oh casualidad!- con periodos en los que casi imposible encontrar, ni a precio de gambas, mascarillas en la farmacia, lo que hace sospechar que los criterios tenían más que ver con la formidable inutilidad del Ejecutivo para garantizar el suministro de este elemento de protección.

La cuestión es ¿por qué ahora sí y antes no? ¿Cuántos contagios se pudieron evitar? ¿Y cuántos muertos? ¿Los 2.000 que desaparecieron de las estadísticas? Ya casi no merece la pena ni hacerse preguntas para no añadir más amargura a ese pozo de pena que nos horada el alma.

Álvaro Martínez ( ABC )