LEWINSKY ENTRA EN CAMPAÑA

Anda el patio de los reproches muy agitado estos días porque entre las nuevas incorporaciones a la política abundan mentes femeninas, jóvenes, rápidas y lúcidas que se han entrenado en la técnica de la respuesta ocurrente,  porque saben que convierten  con más facilidad en titular una frase simple  de cinco palabras que un sesudo discurso de media hora. Me estoy refiriendo a Cristina Segui, una polemista vinculada a VOX,  que participa en diversas tertulias televisivas.

Ayer en su réplica  a Beatriz Talegón, ex socialista y actualmente defensora de las tesis independentistas catalanas,  la calificó como la “Mónica Lewinsky de Puigdemont” y se mantuvo en sus treces cuando el presentador del programa le pidió que rectificara. El asunto no ha terminado ahí porque el  aludido como beneficiado de la imaginaria felación ha dicho desde su  lugar de huida que se va a querellar contra la autora de la metáfora, y la valenciana que aparece en la foto de esta columna le ha dicho que le espera en un bar cercano al Tribunal Supremo para invitarle a unos churros.

Ignoró como acabará este contencioso pero a mí lo que me pone son las ocurrencias lingüísticas más que la disputa política entre los interfectos.

Una metáfora bien elegida  es una frase demolerá que gracias a su valor imaginario convierte la palabra en un obús de impredecibles consecuencias, y no es fácil acertar con este juego semántico que estimula la imaginación de quien lo escucha, porque construir esa imagen verbal  exige  rapidez mental  y mala leche.

Verdad es que no me refiero a las rimas de los poetas, capaces de crear figuras hermosas con el lenguaje que utilizan para describir un amanecer, el volar de las golondrinas  o las heridas del alma enamorada.

Los  vates, cuando deciden llamarse rapsodas, juegan con la exquisitez de las palabras elegidas, convencidos de con sus versos llegan a traspasar el alma de las mujeres y hombres sensibles, pero esos mismos versolaris si quieren herir sentimientos descienden a ras del suelo, se convierten en recitadores o copleros, y maltratan el orgullo de las personas con las que tienen cuitas pendientes.

En política las palabras se desmadran cuando quien las profiere quiere desmerecer a su oponente, sabedor de que, “donde las dan las toman y el que más chifla se convierte en capador”.

Es tradición de la historia política y parlamentaria de nuestro país que algunos tengan suficiente  rapidez de reflejos para herir verbalmente a sus contrarios,  porque en el templo de la palabra están permitidos todos los lances contenidos en nuestro diccionario, y cuando se pronuncian fuera de ese foro institucional, las diferencias de criterio se dirimen en otra instancia.

Diego Armario