Los comedores filantrópicos no dan abasto, porque el flujo de ingresos de muchas familias se ha visto cercenado por la epidemia. El cacareado «escudo social» de la propaganda se ha quedado en una burocracia colapsada que no logra dar salida a las ayudas prometidas.

España es con el Reino Unido el país del G-20 donde más se ha desplomado el PIB y el de peor pronóstico de recuperación. Los empresarios constatan que sus balances no acaban de despejarse, al revés, y ese es un indicador capital.

Los datos epidemiológicos resultan también pésimos: tercer país del planeta con más muertos por millón de habitantes tras Bélgica y Perú y líderes europeos en contagios (Simón ya está tomando medidas de urgencia al respecto: se ha largado de vacaciones a Baleares, donde además aprovechará para rodar un programilla en plan Mr. Simpatía con Calleja, nuestro alpinista majetón).

Ante un panorama con urgencias tan agobiantes, ¿cuál es a estas horas la prioridad del Gobierno de España? Pues sacar adelante una ley ideológica de Memoria Democrática, revolviendo en hechos sucedidos hace ochenta años y que nuestros mayores habían resuelto con generosidad y altura de miras mediante el pacto de perdón mutuo de la Transición.

A la mayoría de los españoles nos parece bien que se ayude a las familias a identificar los restos de sus parientes -de ambos bandos- represaliados, perdidos en fosas comunes o en las cunetas. También se puede entender que se busque un nuevo sentido al Valle de los Caídos, en la medida de que la solución que se proponga concite un consenso casi unánime en la sociedad, y no sea, como previsiblemente va a ocurrir, un gesto anticatólico que deleite a media España y disguste a la otra media.

Pero el problema es que la norma que traen Sánchez y Calvo va más allá, forma parte de su amplio proyecto de ingeniería social. Está impregnada de un resabio dogmático que la convierte en una ley tuerta. Se recuerdan los abusos represivos que cometió en su día el totalitarismo de derechas, pero se corre un velo absoluto sobre los del totalitarismo de izquierdas

En los colegios se impondrá una asignatura sobre «los crímenes del fascismo», pero no se estudiará una coma sobre los del comunismo. El problema es conocido: la supuesta superioridad moral de la izquierda. Los regímenes de Lenin, Stalin, Pol Pot, Mao, Kim… suman más víctimas que los también repugnantes horrores del nazismo y el fascismo.

Pero mientras que con toda lógica esas dos ideologías resultan inadmisibles en nuestras democracias, todavía existe un país en Europa Occidental con ministros comunistas en su Gobierno (España). Lo que propugna el sanchismo es contar la historia a medias, un relato maquiqueo, en blanco y negro, cuando la vida discurre siempre en gama de grises.

Estamos ante una Ley de Distracción Histórica, nacida con el objetivo redondiano de abrir debates que aparten la mirada del fiasco gubernamental con la epidemia y la economía. Un poco de «Memoria Democrática», un poco de Kitchen, y ya nos ponemos en Navidades.

Con un récord de muertos, quebrados y sin presupuestos, pero mirando a otros temas.

Luis Ventoso( ABC )

viñeta de Linda Galmor