LIBERTAD DE EXPRESIÓN

La libertad de expresión en España se rige por la ley del embudo: lo ancho, para la izquierda y el independentismo; para los demás, lo estrecho.

Viene esta sentencia a colación de la lluvia de improperios caída sobre la portavoz del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, por criticar a un grupo de comunicación cuya labor resulta tan cuestionable al menos como la que ejercen la propia diputada o su grupo.

En uno de los buques insignia de ese conglomerado, la Sexta, no se cansan de ofender a los partidos del centro-derecha, sus dirigentes, militantes e ideario, con armas que van desde la descalificación sistemática en programas de «pseudoanálisis» político a la burla más grosera en otros de presunto humor, sin olvidar la «información» selectiva. Pero ellos son intocables.

Ellos representan a «la progresía» y además tienen capacidad para colocar o vetar tanto a políticos como a periodistas en la multitud de espacios que controla su holding, lo que significa que disponen de patente de corso para tirar a matar sin que el objetivo responda. ¿Cómo osa expresarse en libertad esa «marquesa ultra del PP», según la muy respetuosa definición del segundo brazo de su pinza televisiva, Antena 3?

Ella no tiene libertad de expresión. Quienes piensan como ella, tampoco. La libertad de hablar sin cortapisas pertenece en régimen de monopolio a la izquierda y sus socios independentistas, que para eso ponen y quitan el altavoz a quien les place.

Álvarez de Toledo no ha sufrido este linchamiento por ser una política que ataca a un medio de comunicación, sino por representar a un partido liberal y cuestionar los dogmas sagrados del pensamiento políticamente correcto. Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno y líder de Podemos, nos ha señalado en más de una ocasión a periodistas y medios enfrentados ideológicamente a él, con total impunidad y una corte de corifeos riéndole las gracias.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno y número uno del PSOE, ha acusado reiteradamente a este periódico de mentir, sin atreverse a emprender acciones legales ante la certeza de estar acusando en falso. Pero nadie se escandaliza. Vuelve a funcionar el embudo. La izquierda dispone de bula para hacer o decir lo que quiera, mientras a la derecha le toca callar. No dieron la batalla audiovisual cuando estaban en condiciones de hacerlo y ahora han perdido la guerra.

No es elegante hablar de una misma en una tribuna de lujo como la que me brinda ABC, pero voy a contar una anécdota muy ilustrativa de hasta qué punto es flagrante la doble moral de estos inquisidores contemporáneos. Hace algunos años, en un debate nocturno de la cadena Ser, uno de los contertulios estuvo a punto de agredirme físicamente.

No llegó a pegarme porque, cuando estaba a punto de hacerlo, se interpuso entre él y yo un tercero, a quien siempre estaré agradecida. Dirigía a la sazón los informativos de la casa Antonio García Ferreras, hoy entusiasta defensor de la causa autoproclamada «feminista» que, por cierto, no ha tenido a bien romper ni una lanza ni un palillo por la «hermana» Cayetana, víctima de un linchamiento.

Pues bien, ¿saben ustedes cómo se zanjó aquel incidente? Ante mi amenaza de abandonar el programa, pidieron al violento a disculparse con la boca chica. Yo me fui poco después de la cadena y él siguió allí, tan campante. Yo era mujer, pero «facha». Él, un violento «progre». Y el embudo se aplicaba ya entonces implacablemente.

Isabel San Sebastián ( ABC )