¿ LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN CATALUÑA ? ¡ HABLEMOS !

Estos últimos días, casi me atrevería a decir que en estas últimas horas, se ha producido un vivo debate en Cataluña sobre el malvado y pérfido Estado español capaz de enviar a la cárcel a un rapero por exaltación del terrorismo y ataques a la Corona o de retirar una obra de Arco en que aparecían fotografiados unos “presos políticos en la España contemporánea”.

 Todo ello convenientemente macerado por el preceptivo informe de Amnistía Internacional –la misma benemérita entidad que negó a Los Jordis y a Junqueras y Forn la condición de presos de conciencia– en que denunciaba las consecuencias de la llamada Ley mordaza, un uso abusivo de la fuerza el 1-O y los supuestos excesos del cautiverio de los referidos caballeros. Así, como por arte de birlibirloque, los catalanes nos hemos convertido en los más firmes defensores de la libertad, y Cataluña en una feliz arcadia en donde clamamos por acoger refugiados, a lo que el Estado se opone como una madrastra desdeñosa y todo es chachi piruli.

Desde que Daniele da Volterra, de orden del papa Pío V, se dedicó a cubrir con vestimentas los genitales que aparecían en El Juicio Final del mismísimo Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, por lo que recibió el curioso apodo de Il Braghettone, hasta que mi admirada Laura Freixas se preguntaba en Twitter que si colocar una mujer a cuatro patas se podría considerar como arte, hay un largo camino recorrido.

No hace falta acudir a la Turquía actual de Erdogan porque no hay museo de arte que se precie ni feria de arte contemporáneo de prestigio internacional que no haya tenido algún litigio de este tipo. No es cuestión de saber quién la tiene más larga ni de caer en el “tú, más que yo”, ni siquiera en la evangélica recomendación de que “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Cataluña es, por lo visto, un sitio libérrimo en dónde tuvieron que retirarse esculturas de una exposición en el Born tras ser atacadas por “franquistas”. En donde el director del MACBA tuvo que dimitir tras ordenar lo propio con una réplica del rey emérito sodomizando a una mujer indígena; se prohibió un cartel por figurar en el mismo un toreroo no se concedió permiso municipal para rodar en el Tinell un capítulo de una serie sobre los llamados Reyes Católicos.

Aquí, en Cataluña, claro, está todo el mundo que se rasga las vestiduras, se mesa los cabellos escandalizados por la actuación policial del 1-O pero nadie recuerda –eso solo se deja para la memoria histórica de los crímenes del franquismo– que el desalojo de la plaza Cataluña con motivo del 15-M en 2011 por los Mossos d’Esquadra causó tan solo cien heridos y también fue denunciado por Amnistía Internacional. Los golpes con las porras de los de casa, por lo visto, nos dan más gustirrinín.

Me repatea vivamente los higadillos que yo, envidia a rayas amarillas, ni siquiera pueda debatir, como han hecho algunos de mis ilustres vecinos de esta columna, si quiero ir o no a TV3 o a Catalunya Ràdio por la sencilla razón de que sé perfectamente que nunca voy a ir. Como nunca se ha hablado de mis libros, porque para ello ya se encargó el progreJuan Marsé de ir a los directores de periódico para decirles que no dijeran ni pío sobre el de Carmen Broto, por ejemplo.

Esta es la censura catalana. La que no se ve ni se escucha: la que declara la muerte civil en vida. Me identifico con aquella trabajadora sexual de mis años mozos que proclamaba: “No me molesta que me llamen puta, sino que me lo digan con retintín”. O, como ya nos advirtió Nietzsche, cuál será “el peligro de todos los peligros: que nada tenga significado”.

Manuel Trallero ( El Español )