DE LÍDER DE LOS INDIGNADOS A PRIVILEGIADO

En muy pocos años, Pablo Iglesias ha pasado de indignado en las plazas públicas y las asambleas vecinales a indignar a gran parte de las bases de Podemos. De criticar los privilegios de la casta política a ser un político privilegiado con escaño reservado para él y su pareja (previos desplazamientos y purgas), chalé en zona residencial e hipoteca a lo Guindos.

El joven profesor mileurista, que se desgañitaba en los platós de televisión denunciando las dificultades de los jóvenes para acceder a un trabajo y a una vivienda dignos, ha logrado su oculto sueño leninista de encabezar la vanguardia revolucionaria y crear en torno suyo una nomenclatura férrea, adoctrinada y agradecida. Tanto, que sus miembros son capaces de llamar «reaccionarios», como hizo ayer el número dos de la formación, Pablo Echenique, a quienes osan criticar las contradicciones evidentes entre un discurso que se define como la voz de «la gente» y un modelo de vida que poco tiene que ver con el de la mayoría de los españoles, que aún siguen pagando las consecuencias de la crisis.

Además de Echenique, Íñigo Errejón y Rafael Mayoral salieron también apresuradamente en defensa de la pareja que dirige con mano de hierro la organización desde el Congreso de Vistalegre II. Mayoral hizo una enigmática alusión a «las cloacas» del Estado como responsables de una supuesta campaña contra Iglesias e Irene Montero. Y Errejón, resucitado como candidato a la Comunidad de Madrid, al precio de haber dejado por el camino a Carolina Bescansa, quiso diferenciar entre la compra de una vivienda como residencia habitual de otra con fines especulativos, quizá en referencia a su rival político Ramón Espinar, senador y secretario general de Podemos en Madrid, que obtuvo un suculento beneficio especulativo con la venta de un piso de protección oficial en el que nunca llegó a residir.

Otros muchos dirigentes, sin embargo, no ocultan su decepción en privado, pero callan en público por temor a las represalias o a quedar fuera de unas listas electorales que deberán confeccionarse en poco tiempo de cara a las elecciones autonómicas y municipales del próximo año.

Solo el alcalde de Cádiz, José María González, Kichi, se desmarcó haciendo público un durísimo comunicado en el que, sin nombrarlos, acusaba a Montero e Iglesias de no respetar el código ético de Podemos y de traicionar «el compromiso de vivir como la gente corriente para poder representarla en las instituciones», lo que supone, concluyó, «renunciar a privilegios como el exceso de sueldo». Kichi, uno de los dirigentes más populistas del partido, reivindica un tipo de militancia mejor aceptada por las bases a pesar de ser descaradamente demagógica, y presume de coherencia viviendo en «un piso de currante».

No es de extrañar que sus palabras fueran enseguida jaleadas en las redes sociales, que mostraron su indignación con el otrora líder de los indignados, poniendo de manifiesto la profunda grieta que comienza abrirse entre los dirigentes del partido morado y unas bases que dieron todo su apoyo a Podemos y a los círculos, y que con razón se sienten defraudadas.

Pero Pablo Iglesias no solo tendrá que hacer frente a las críticas de sus votantes. Tras una estrategia garrafal de comunicación -quizá porque era imposible comunicarlo bien- y sus poco convincentes explicaciones, ha perdido la superioridad moral que gustaba de lucir frente a sus adversarios. Pedro Sánchez y Albert Rivera no han tardado en señalar la hipocresía y la falta de coherencia que supone vivir en una residencia de lujo y presentarse como el portavoz de los que sufren el paro, los bajos sueldos y una nueva burbuja que ha disparado el precio de los pisos y los alquileres. Y como al propio Iglesias le gustaba repetir, los que no conocen las situaciones de precariedad nunca serán capaces de solucionarlas.

El Mundo

viñeta de Linda Galmor