Podemos no nació con la vocación de ser la muleta de apoyo del PSOE, sino de sustituirlo, y hoy Pablo Iglesias se conforma con unos sillones de menor relevancia en el Consejo de Ministros y con que Sánchez le conceda -que se la concede- una cierta influencia en su rumbo político.

Pues bien: con Vox respecto del PP sucede lo mismo. El proyecto de Abascal aspira al liderazgo de una derecha que Rajoy recibió unida y con su característico talante pasivo dejó fragmentada en tres partidos. Por ahora está lejos de ese objetivo pero se puede acercar si Casado desdeña la lección de los errores del marianismo, que básicamente consistieron en ponerse de perfil ante cualquier conflicto.

Pero no es la displicencia lo que ahora pone en peligro la hegemonía de los populares sino sus titubeos entre moderación y radicalismo, la sensación de falta de autoconfianza y de equilibrio que generan ante un ambiente cargado de furia y de ruido. Mientras el Gobierno y Vox se retroalimentan en su mutuo desafío, el PP no encuentra el tono ni la resolución para imponer su propio criterio prescriptivo.

No es de recibo que, por ejemplo, aún vacile sobre su voto en una moción de censura sin la menor posibilidad de éxito y planteada con la sola meta de avanzar en los sondeos. Esa duda alimenta la reputación de «derechita cobarde» que la hábil propaganda «voxista» le ha impuesto.

Ha tenido que salir Aznar para pedir un «no» rotundo en nombre de un liberalismo «sin complejos», seguro de la fortaleza de sus principios estratégicos frente a cualquier ejercicio de populismo aventurero. Descartado el sí, que equivaldría a una renuncia de hecho a ser alternativa de poder, la abstención sería una señal de miedo, justo la que Abascal espera para presentarse como el único opositor enérgico frente a los tibios del «consenso progre» que optan por la calle de en medio.

Para ser el partido alfa de la derecha, el artífice de una mayoría social de cambio, el PP tiene que manifestar convicción en su modelo, y eso pasa por pagar el precio de sufrir en las encuestas un momentáneo retroceso que, en una legislatura larga como va a ser ésta, podrá levantar con tiempo… si sabe hacerlo.

Un líder que merezca serlo debe saber defender su proyecto sin inseguridad ni encogimiento, sin temor a parecer cómplice de los desafueros de este Gobierno.

Casado y Abascal pueden coincidir, como sus votantes, en gran parte de las críticas a la sectaria coalición gubernativa. Pero dirigir una nación no es un trabajo de comentaristas sino de dirigentes y de organizaciones capaces de acreditar solvencia política.

Esa cualidad, que era el gran patrimonio del PP, es la que su actual directiva tiene por demostrar todavía. Y si se demora corre el riesgo de que su electorado se deje llevar por estériles exhibiciones de coraje y bizarría… mientras Sánchez e Iglesias se parten de risa bajo sus mascarillas.

Ignacio Camacho ( ABC )