LLANTO POR LA TIERRA VASCA

Iba a escribir «mi» tierra vasca, pero lo cierto es que ya no la siento como propia. No la reconozco en esa estética de la fealdad que ha sustituido la elegancia de antaño, ni en su empeño de mirarse al ombligo renunciando a ensanchar horizontes, ni desde luego en la grave peste moral que ha brindado una abrumadora victoria electoral a los herederos de ETA y sus cómplices a costa de dictar la muerte, esta vez política, de quienes aguantaron a pie firme mientras veían caer asesinados a multitud de compañeros defensores de la libertad.

Este no es el País Vasco que me enseñaron a amar mis padres. Sabino Arana ha impuesto póstumamente su credo racista de supremacismo identitario, con la ayuda imprescindible de los terroristas que durante años «sacudieron el árbol» a base de coches bomba, tiros en la nuca y extorsión.

Arzalluz no vive para contemplarlo, pero su sueño húmedo de alcanzar la independencia recogiendo esa cosecha podrida de nueces ensangrentadas está muy cerca de cumplirse.

La ciudadanía vasca ha premiado a los verdugos con un crecimiento espectacular, condenando a la insignificancia a quienes les plantaron cara sin otra motivación que el empeño de preservar un marco democrático donde convivir en paz.

Semejante abominación tiene múltiples explicaciones, desde luego, pero implica tal degradación colectiva, tal nivel de perversión de la escala de valores, que resulta del todo imposible no renegar de esa herencia.

Cuarenta años de acoso al discrepante, ventajas para el acosador, adoctrinamiento en las aulas y «laissez faire» por parte de los sucesivos gobiernos de España han producido el efecto que los independentistas buscaban repartiéndose hábilmente los papeles.

El PNV el de «bueno», a pesar de dar sobradas muestras de su deslealtad a una Constitución que nunca han querido acatar dado que nunca se han considerado parte de la Nación consagrada en ella, y ETA/Bildu el de vanguardia armada encargada de aligerar el censo de rivales susceptibles de oponerse al delirio sabiniano de fundar una «patria vasca» allá donde nunca hubo otra cosa que tierra castellana o, a partir de 1492, española.

Cuarenta años de resistencia heroica por parte de los auténticos demócratas, empezando por de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, no han servido de nada. Con la gran traición de Zapatero los terroristas de la pistola rentabilizaron de golpe todos y cada uno de los muertos «puestos sobre la mesa», mientras su brazo político, encabezado por Otegi, era acogido por la comunidad de partidos en pie de igualdad con los demás.

Cuatro décadas de terrorismo se convirtieron en un «conflicto» entre bandos equiparables, especialmente a ojos de la juventud vasca. Desde entonces, todas las fuerzas del arco parlamentario han contribuido por acción u omisión a ese blanqueamiento repugnante, aunque ninguna en grado comparable al del PSOE, máximo responsable del estatus alcanzado por quienes hace dos días aún llevaban capucha.

Sánchez sacó adelante su moción de censura con sus votos y llegó a La Moncloa merced a su plácet. Se dirige a su portavoz en tono arrobado. Pacta con ellos en Madrid sin el menor escrúpulo y, si se mantienen los 38 escaños que suman ahora PSE, Bildu y los de Iglesias, forjará una alianza de izquierda extrema en Vitoria en cuanto le convenga, por más que ahora prometa fidelidad a Urkullu.

El socialismo es el gran culpable de esta infamia que el PP no ha sabido evitar. Podemos ha sido un suplente llamado a desaparecer, como le ha ocurrido en Galicia.

La serpiente está de fiesta.

Isabel San Sebastián ( ABC )