LLEGÓ LA HORA

Dos son los debates que corroen estos días al PP. El primero, si debe o no presentar una propuesta para evitar la coalición de PSOE y Podemos. La dirección de Génova está empeñada en negar esta opción pero Pablo Casado aún no tiene la fortaleza interna necesaria para hacer callar a voces nombres como Alberto Núñez Feijóo, Cayetana Álvarez de Toledo o José María Aznar.

No se trata de un debate cualquiera sino del ascenso de un gobierno que puede introducir cambios que agraven la crisis territorial, la desaceleración económica o la situación de las pensiones. Ante una disyuntiva de este tamaño, ningún político con entidad propia va a renunciar a sus principios.

Esto no va de lealtades, bandos, ni traiciones, sino de convicciones. No es coherente poner el grito el cielo por la alianza socialcomunista y al mismo tiempo decir que no hay que mover un dedo para evitarla, sin explicarcomo sirve esto al interés del país.

Si Casado quiere conseguir un cierre de filas interno, no lo logrará imponiendo el silencio sino convenciendo de que su plan -en este caso no hacer nada- es el mejor para España. Y ésta es, precisamente, la misma tarea que tiene pendiente con los votantes, lo que nos lleva al segundo debate que recorre a los populares: qué hacer con Vox.

Tan solo once meses después de meter la cabeza en el tablero político, Santiago Abascal tiene seducidos a 3,6 millones de españoles. Pensar que esta subida obedece solo a la inflamación por los disturbios catalanes es un análisis tan simplista como encasillar a este partido en la ultraderecha.

Nadie puede negar la «gesta política» de la nueva formación, lo que obliga a preguntarse si aún puede dar otro salto y convertirse en la segunda fuerza más votada, al estilo de Marine Le Pen en Francia. Sorprende que frente a ello, el gran movimiento estratégico de Génova para reducir a Vox sea cruzarse de brazos y esperar a que desinfle solo.

El primer paso para resolver un problema es reconocerlo. Y un partido que mueve a 3,6 millones de votantes puede ser solo una moda pero también puede acabar convirtiéndose en algo más. Nadie tiene una bola de cristal para conocer el futuro por lo que creer saber lo que pasará dentro de cuatro años es algo más que imprudente. La última repetición electoral acaba de brindar un gran lección de ello.

En el caso de que Vox sea un fenómeno pasajero, no será contraproducente construir un rompeolas que pare el maretazo. Si ha llegado para quedarse, lo contraproducente será no hacerlo. Si el PP no quiere dejar su futuro en manos del azar tiene que asumir que ha llegado la hora de desmontar el discurso de Vox con argumentos. Mientras Abascal tenga el campo abierto, sus tesis seguirán calando igual que lo hicieron las ideas independentistas en Cataluña.

Es evidente que no es una empresa fácil. No tanto por el pulso de las ideas sino por la dependencia que los populares tienen del nuevo partido en los gobiernos de Madrid, Andalucía o Murcia. Casado necesita poder territorial como escaparate de su propuesta de gestión y no puede permitirse perder ninguna de las plazas conseguidas.

Pero debe buscar la forma de defender que el PP no es lo mismo que Vox y hacer bandera de las razones por las que cree que su proyecto es mejor para España.

Esto no quiere decir que Casado tenga que batirse en duelo con Abascal pero sí que alguien tiene que hacerlo. Recuperar la estrategia marianista de meter la cabeza en el agujero y esperar a que las contrariedades se resuelvan por sí solas puede salir bien a veces, pero muchas otras -como vimos con Cataluña-, solo las alimenta.

Ana I. Sánchez