LLORO POR TI, BARCELONA

En el universal llanto y muestras de solidaridad con Barcelona echo de menos una actitud más indignada con los perpetradores del execrable crimen. No basta con condenarlos, con decir que son malos, cobardes, asesinos, mientras nosotros somos buenos, tolerantes, generosos, estupendos, que no les tenemos miedo. Hay que decirles también que vamos a ir a por ellos hasta el último agujero en que se metan y los pondremos ante la Justicia para que les imponga el castigo que merecen, que nunca será bastante dada la barbarie que han cometido. Las lágrimas, los lamentos, las flores, las velas, los minutos de silencio y las manifestaciones están muy bien.

Pero si no van acompañadas de la advertencia de que no van a salirse con la suya, de que somos no sólo más buenos, más tolerantes, etc., etc., sino también más fuertes, más tenaces, más justos, no sirven de nada. Es más, corremos el peligro de que todo se quede en esa parafernalia que acompaña a estos atentados, una especie de coartada con las víctimas, para seguir igual, como corderos que esperan que los maten sin oponer resistencia. O como esos rehenes que los yihadistas degüellan ante la cámara para asustarnos y sus camaradas terroristas barren con un vehículo a niños, ancianos, mujeres y hombres en nuestras calles.

Entre los derechos humanos está el de la legítima defensa, que es en realidad el derecho a la vida, que estos canallas nos niegan por el mero hecho de no ser tan bestias, tan desalmados como ellos. Y si lo hacen en nombre de una religión, hay que ir a por quien la predica, ya que eso no es religión, es culto a la muerte, tan execrable como la pornografía infantil, la violencia machista o cualquier otro crimen contra la humanidad. A los inhumanos, y estas gentes han dejado de serlo por un lavado de cerebro, no se les puede convencer ni tener otra actitud hacia ellos que la de derrotarlos. Esto no es venganza, es ley de vida cuyo primer mandamiento es seguir viviendo. Son ellos los que no lo respetan, al haber elegido la muerte, y si lo que buscan con estos atentados es suicidarse, pueden hacerlo a solas, pero sin matar a los demás.

Me quedan unas líneas para explicar, como les prometí, a los que buscan toda clase de explicaciones a esas salvajadas. De hecho, es una forma de escaquearse en la lucha contra ellas. Son los más peligrosos, al estar entre nosotros, no agazapados, sino participando en nuestra vida social y política. El yihadista atenta contra nuestra forma de vida matándonos. Los antisistema intentan cambiarla radicalmente. Sus objetivos confluyen. De ahí su renuencia a participar en la lucha antiterrorista y las lágrimas de cocodrilo que vierten tras cada masacre. Pero la guerra que nos han declarado no admite treguas ni prisioneros, es a muerte. Por ahora, la están ganando. El único consuelo es la Historia: al final, siempre han perdido. Por eso están tan amargados y furiosos.

José María Carrascal ( ABC )