LO QUE SÁNCHEZ YA NO PUEDE DECIR

Pedro Sánchez se presentará en Bruselas este viernes para pedir dinero a sus socios. Pero acudirá sin ningún galón, sin ningún aval a su gestión, en medio de una coyuntura política y económica más que preocupante. Hace diez días no fue capaz de lograr el respaldo del PP para acudir al Consejo Europeo con una mínima posición común. Y ya no puede decir que la culpa sea de la oposición puesto que el domingo tampoco obtuvo el apoyo de la ciudadanía consultada en las urnas.

Ni vascos ni gallegos creyeron la historia de su gran manejo de la pandemia, pregonada a bombo y platillo desde La Moncloa. En un momento de inquietantes rebrotes de Covid-19, prefirieron a sus líderes autonómicos antes que al partido que ha llevado el peso de la gestión de la crisis sanitaria hasta finales de junio. Se puede decir más alto pero no más claro.

El resultado del domingo trae consecuencias y las más inmediatas son las consignas que Pedro Sánchez ya no podrá seguir defendiendo. La primera es que tolerar los excesos verbales y las vulneraciones jurídicas del independentismo desinflan a este movimiento. El secesionismo catalán cuenta hoy en el Congreso con cuatro diputados más (23) que antes de que el líder socialista llegara a La Moncloa.

Y dos de ellos pertenecen a un partido anti-sistema que irrumpió en la Cámara en plena era Sánchez. En el mismo tiempo, el radicalismo vasco se ha multiplicado por más de dos en el hemiciclo, pasando de dos a cinco escaños. Las elecciones del domingo confirman el afianzamiento de esta tendencia en las autonomías: las opciones separatistas no se desdibujan ni pierden terreno con las concesiones del jefe del Gobierno, lo ganan.

La estrategia socialista ha tenido el efecto contrario al pretendido. Motivo adicional de desconfianza para los socios europeos.

La segunda tesis que Moncloa no puede seguir sosteniendo de forma creíble es que la legislatura durará cuatro años. La fragilidad ha sobrevolado el Gobierno de coalición desde aquel famoso abrazo entre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. La ruptura de ambos se daba por descontada en la segunda mitad de la legislatura con las únicas incógnitas de cuál sería el momento exacto y quién pediría el divorcio.

Pero el resultado de ayer dispara la presión sobre el líder de Podemos. Iglesias entró en la coalición por empeño propio y contra el criterio de buena parte de las facciones de la formación. Su acceso al poder disfrazó los malos resultados que viene cosechando de forma agudizada desde 2019, pero la expulsión de Galicia y el debacle en el País Vasco reabren su cuestionamiento interno como líder. Podemos necesita un golpe de efecto y la coalición del Gobierno podría romperse meses antes de lo esperado.

El tercer argumento que se le cae al líder de Ferraz es que su partido gana todas las elecciones desde que él ocupa la jefatura del Gobierno. El que las victorias de Alberto Núñez Feijóo e Iñigo Urkullu estuvieran anticipadas no las hace menos perjudiciales para los socialistas, que ni siquiera logran liderar la oposición en estos feudos.

Nada queda ya de aquella positiva imagen que Sánchez causó en sus primeras visitas a Bruselas como jefe de Gobierno en 2018. Los socios europeos acogieron con satisfacción a un líder joven, dinámico y con dominio del inglés que llegó a establecer un idilio político con Angela Merkel en aquella lejana visita a Doñana.

Este viernes, tan solo dos años después, le recibirán como la mayor fuente de preocupación e inestabilidad.

Ana I. Sánchez ( ABC )