LO QUE SÍ EXISTE

De vez en cuando se publica una encuesta que dice que la mayoría de británicos cree que Sherlock Holmes existió. A la vez, una gran parte cree que Churchill fue un personaje ficticio. La compañía que puso a la venta el disfraz de El cuento de la criada con minifalda para mostrar muslamen en Halloween recibió tantas críticas que lo retiró reconociendo que había sido «desafortunado». Las críticas venían por sexualizar un atuendo símbolo de la opresión femenina. Y por «fomentar la cultura de la violación».

Demonios, que es ficción. Que la sociedad que describe Margaret Atwood en su novela, y que sirve de base a la serie, no existe. Que nos podemos reír de esa ridiculez. De Defred y de Gilead. Pero sobre todo de quienes se quejan de estas cosas. De las nuevas monjas que pretenden decirnos qué está bien y qué no. De que hayan convertido el feminismo en una religión medieval cuyos presuntos símbolos no pueden ser mancillados. Es el #Metoo (do) de esta gente. El abajofirmantismo de lo que tiene que ser, de quién tiene que escribir y qué para no vulnerar las normas del tontopollismo. Aunque la palabra que rima con olla no se puede usar.

Cuando vi la foto de Carmen Calvo repantigada en el sofá en La Vanguardia (siguiendo la tradición de Elena Salgado en Vogue o de Soraya Sáenz de Santamaría agarrada al maletero), lo primero que pensé, más allá de su curiosa percepción de la separación de poderes, fue si no se sentó así en el juicio la víctima de La Manada. Pero cualquiera lo dice. En una entrevista en Mujer Hoy, Caitlin Moran habla de «Lolita».

La leyó por primera vez de adulta y pudo apreciar su inmenso valor artístico. «La prosa amorosa es tan bella que si la trama no girara acerca de una relación de abuso y violación a una niña, la gente elegiría fragmentos de “Lolita” para leer en sus bodas». Te acusarían de fomentar la cultura de la violación. Y por vender/comprar/lucir esos disfraces o por leer «Lolita» en una boda estás tan a favor de la violación como de la bilocación.

Como era de esperar, el PP y Ciudadanos han bloqueado en la Mesa del Congreso la iniciativa socialista que pretendía modificar el techo de gasto a través de otra ley. Es como ese tipo que ha estampado un lienzo con la cara de Marina Abramovic en la cabeza de Marina Abramovic a la salida del Palazzo Strozzi de Venecia, donde la serbia tiene una exposición. ¿Quieres performance? Toma performance. ¿Quieres utilizar la legalidad? Aquí está la legalidad para defender los derechos parlamentarios de la oposición con el respaldo del Constitucional.

De momento, la Mesa frena la triquiñuela para eliminar el veto del Senado. Esa mayoría espuria del PP de la que habla Echenique. Espuria porque no les viene bien. Y al PP y a Ciudadanos les tiene que venir bien la mayoría por la que gobiernan. Lógico que estos echen por tierra el atajo de los Presupuestos. Tan lógico como que el hatajo en el poder se cabree. Lo curioso es que la tribu que defiende al Gobierno critique a los fachas que no «empatizan» (verbo sanchista) con estos señores tan majos que sólo hacen cosas necesarias para España como subir impuestos a los que han decidido que son ricos o sacar a Franco de su tumba.

Pero si la Universidad de Stanford ha desahuciado a fray Junípero Serra, qué esperar de los liderados por un egresado en la Universidad de Sin Comillas (copyright de mi amigo Ignacio L.). Ese tipo que se negó a ratificar el CETA y ahora, cegado por los calcetines de Trudeau, dice que el CETA es el «modelo a seguir». De ZP a Ceta P. Y los dos existen.

Rosa Belmonte ( ABC )

viñeta de Linda Galmor