LO SABÍAN LOS UNOS Y LOS OTROS

Desgraciadamente nadie nos tiene que recordar que nos enfrentamos a la mayor crisis sanitaria y social de las últimas décadas. La más devastadora desde la Guerra Mundial.

Miles de fallecidos, millones de contagiados. El paro en sus máximos y la economía duramente afectada. Por si esto no era suficiente, nuestros mayores población diana de la pandemia.

Como nos dicen que estamos ya en “el pico de la curva”, nos tomamos la licencia de reflexionar, al menos, sobre lo sucedido hasta ahora. Y lo primero que se nos antoja preguntarnos es cómo es posible que esto haya ocurrido en un país desarrollado, con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo y en tan breve espacio de tiempo.

La imagen fotográfica de los acontecimientos nos muestra que, si a principios de marzo estábamos haciendo vida completamente normal, a principios de abril acumulamos más de diez mil fallecimientos.

Dicen los expertos que la clave para lucha contra las epidemias es la antelación. Ellos, los técnicos, lo denominan “ir por delante” de los acontecimientos. Esta estrategia, que en un pasado podría ser complicada, en el mundo actual con el importante desarrollo de los sistemas de información, especialmente en el ámbito sanitario, se percibe como algo factible, tan factible que se convierte en una obligación.

Esta posibilidad, esa obligación que hemos mencionado podría haberse convertido en realidad, cuando lo ocurrido en China y en Italia nos decía a gritos lo que iba a pasar en España. Se disponía a principios de febrero tanto de información como de un escenario real y predictivo sobre lo que tendría que acontecer en nuestro país.

Y nadie actuó. Nadie convirtió la información en decisiones activas. Y la epidemia nos golpeó, nos golpea.

Y cuando decimos nadie, nos referimos al gobierno central, a los gobiernos autonómicos y a sus señorías de la oposición. Ningún gobierno tomó las decisiones que estaba obligado a tomar con la información de la que disponían y ninguna oposición ejecutó la labor de control que tiene encomendada que se traducía en explicar la realidad y exigir una actuación adecuada frente a la inacción del Estado.

Todos disponían de la información necesaria. El Estado a través del Ministerio de Sanidad. Las comunidades autónomas a través de sus Servicios de Salud Pública. Los partidos políticos porque disponen de áreas de sanidad en sus respectivas estructuras organizativas. Ahora ya es tarde.

Todos se pusieron de perfil durante semanas, desperdiciando el valioso tiempo que todo fenómeno epidemiológico ofrece para intervenir. Como si esperaran un milagro que les permitiera librarse de presentar batalla.  Temerosos los unos y los otros sin duda del desgate político que supondría anunciar una realidad y las medidas necesaria para hacerle frente.

Para muestra un botón. Todos fueron a las manifestaciones del 8 de marzo. Unos porque las convocaron activamente. Otros porque, para ser políticamente correctos participaron en las mismas. Otros sencillamente se fueron de mitin. Nadie cumplió con la sociedad de forma leal.

Nadie dijo alto y claro que teníamos un problema de salud pública de magnitud y que por ello no se podía participar en este tipo de manifestaciones. No nos dijeron que era el tiempo de tomar medidas contundentes, impopulares, que teníamos que quedarnos en nuestra casa.

La clase política prefirió oír y atender su redito demostrando no estar a la altura de la sociedad a la que representa y debería servir. La clase política ha obligado a esta sociedad a convertirse en cuna de héroes.

La clase política permaneció agazapada, y han sido nuestros sanitarios, policías, militares, bomberos y tantos otros los que han dado la batalla que nuestros representantes dieron por perdida al no tener la valentía política de enfrentarse a ella.

Y cuando todo esto pase estoy seguro de que los unos y los otros se tiraran los trastos a la cabeza. Lo harán con el tono alto y claro que no supieron entonar cuando era su obligación entonarlo. Es posible que antes de que demos por finalizada esta pandemia se desacrediten todavía más si cabe, pero esperemos al menos que ninguno se atreva a decir aquello de a mal de muchos.

Carlos Navarro Arribas ( El Correo de España )