LOBOS Y CORDEROS

Llevo un montón de horas dándole vueltas a la cabeza porque si algo cuido en mis textos es la originalidad de las ideas y la pulcritud del estilo literario, pero hay días en los que todo se pone en contra y no encuentro forma de evitar esos riesgos que tanto me incomodan.

He comenzado varias veces un texto distinto con un enfoque alternativo y al final los he ido borrando uno a uno porque odio confundirme con los charlatanes y los chambelanes, aunque en este caso no tengo ningún inconveniente en acompañar al Rey, que es el Jefe del estado de mi nación, ya que quien deberían haberlo hecho, si tuviera algo de dignidad, prefirió guardar silencio como un cordero acobardado.

Hecha esa salvedad, no me siento nada orgulloso de los corderos de ayer y me repugnan los lobos que en manada solitaria dieron dentelladas a la constitución de mi país, a la dignidad de sus instituciones y amenazaron una vez más con ciscarse en nuestro sistema de libertades con la complacencia silente de un candidato que chorreaba indignidad personal cada vez que se subía a la tribuna para agradecer las migajas de desprecio que le ofrecían para ser investido, bajo amenaza de derrocarle en cuanto se atreva a subirse los pantalones.

Es cierto que todos y cada uno de los diputados se sientan legítimamente en esos escaños porque han sido elegidos en unas elecciones libres y democráticas, y por lo tanto nada que objetar a lo que cada uno de ellos quiera votar, pero la excepción que se encarnó  en el voto negativo de la diputada  de Coalición Canaria Ana Oramas  a pesar de que su partido le había ordenado que se abstuviera, fue una digna demostración de que los legisladores aunque son elegidos bajo las siglas de las distintas formaciones políticas tienen derecho a ejercer su función y su voto no bajo el mandato imperativo, sino atendiendo a sus convicciones más profundas.

Será sancionada y quién sabe si le  sacarán la tarjeta roja para que no repita como diputada en las próximas elecciones.  Pero resulta ejemplar que en una asamblea legislativa en la que es muy excepcional que un diputado  prefiera la dignidad al deshonor  y apueste por mantener sus convicciones  frente a las prebendas que le ofrecen para que actúe  sin criterio propio, exista una mujer valiente  y con conciencia que  no se desdice de sus palabras.

Hoy he escuchado a uno que se dice progresista –  una palabra a la que se le acabó el honor de tanto usarla –   que él quería un  gobierno de izquierdas pero no esta alianza contra natura en la que se ha juntado lo peor de cada casa y han salpicado al partido socialista de una tonelada de indignidad e incoherencia solo por salvar al soldado Ryan, que en su versión española no es un valiente sino el esperpento de la dignidad perdida.

Diego Armario