LOLA SE RÍE

Lola, como la llaman quienes bien la quieren, se rió mucho en aquella comilona del 23 de octubre de 2009 en el restaurante gallego Rianxo, en Madrid. Su entrañable amigo «Balta», entonces el togado más mediático, la llevó a una cuchipanda que celebraba una condecoración al vidrioso comisario Villarejo. Lola era por entonces fiscal de la Audiencia Nacional, donde llevaba dieciséis años.

La comida fue una risa. Se prolongó más de tres horas y acabó con chupitos, copazos y cotilleos, entre macarras y soeces, que arrancaban carcajadas en jovial francachela. Lola llamó allí «maricón» a quien andando el tiempo se sentaría con ella en el Consejo de Ministros.

Ay, qué gracia. Lola, que luego formaría parte del Gobierno más feminista del orbe, explicó a los presentes que en caso de ser juzgada ella, desde luego, preferiría un tribunal de hombres a uno de mujeres: «De tías no quiero». Como el ambiente era de confianza, Villarejo explicó a los comensales que había montado un prostíbulo para extraer información a personas VIP, «porque a la gente dura de los consejos de administración les pones una chorbita, se la tiran y…». Lola se tronchaba de risa. No se le ocurrió reparar en el detalle de que ella era fiscal y le estaban contando un delito.

Cuando el preso Villarejo comenzó a filtrar lo anterior, Lola, ya ministra de Justicia, emitió un comunicado oficial negando «cualquier tipo de relación». No lo había visto en su vida. Pero Villarejo divulgó los audios que los mostraba en cordial charleta. Lola, fiel a la escuela sanchista, había mentido. Acabó reconociendo tres reuniones. Qué gracia.

Lola ostenta un récord: nadie ha logrado tantas reprobaciones en tan poco tiempo. En octubre de 2018 fue reprobada por el Congreso por mentir sobre su relación con Villarejo. Después la reprobó el Senado, por dejar tirado al juez Llarena de manera vergonzosa cuando Puigdemont lo denunció en Bélgica.

La batalla de Llarena contra los sediciosos dificultaba los apaños de Sánchez con ellos, así que Lola traicionó al juez, desoyendo los ruegos del Consejo del Poder Judicial. En noviembre de 2018, tercera reprobación, por purgar a Edmundo Bal, jefe del área Penal de la Abogacía del Estado. Su baldón imperdonable había sido alinearse con la Fiscalía del Supremo y recomendar el castigo más firme para los golpistas. Lola respondió en el Congreso a todo este oprobio con furia y risas despectivas.

En una maniobra que en una democracia sana no tendría un pase, ayer Lola fue designada fiscal general del Estado. Pasa sin transición del Ministerio a la Fiscalía, con la misión de echar agua a las acusaciones contra los separatistas y ayudar así a mantener a Sánchez en el alambre. Lola se reía con ganas mientras entregaba la cartera de Justicia a su sucesor.

Carmen Calvo aseguró impertérrita a los periodistas que con esta jugada el Gobierno «en ningún momento ha pretendido controlar la Fiscalía». Más carcajadas. Pero amargas. Las que provoca el acelerado deterioro de las instituciones y la compulsiva afición del sanchismo a tomar al respetable por una recua de ígnaros.

Luis Ventoso ( ABC )