LOS BRIBONES DE DIOS

Dios es, a veces, refugio de los bribones, como la patria. El nacionalismo, génesis del separatismo, nació debajo del manto de la Moreneta, en la montaña de Montserrat, Sinaí de los independentistas. Sus progenitores fueron el carlismo y los juegos florales. Sucedió dos siglos después de que Voltaire dijera que la religión es la madre del fanatismo y la discordia civil.

En las últimas semanas, los niños de la escolanía de Montserrat han cantado himnos patrióticos catalanes, mientras 400 curas predicaron desde el púlpito que las aspiraciones independentistas son legítimas. Algunos párrocos prestaron templos para que fueran colegios electorales. Varios obispos criticaron la intervención del Estado en la defensa de la Constitución.

Hilari Raguer, monje, autor de Ser independentista no es pecado, ha escrito: “La independencia ya ha empezado y es un hecho sin marcha atrás”. El abad Josep M. Soler, que en el pasado atizó las ascuas de la revuelta, se muestra ahora más prudente y pide una solución a la crisis sin humillaciones. Ofrece el monasterio como lugar de encuentro: “Les invitaría a cenar y que hablen”. Los monjes han guardado el rencor en el monasterio, lo que ellos llaman “300 años de represión con el síndrome del perro apaleado”. Pero, ¿por qué los curas independentistas culpan de su desdichada historia a la democracia que les devolvió las libertades y las instituciones? Tendrán que explicar los obispos de Junqueras -los de “Visca la terra” o “Muiren els traidors“- por qué atizan la desobediencia y fomentan la ruina con la demagogia del populismo y las ideas reaccionarias del nacionalismo.

Me cuenta Jesús Fernández Úbeda -estrella joven del periodismo, no fugaz- que asistió a la cena del Premio Planeta y que, a pesar de la campaña del Govern y de los curas y monjas, estuvo viendo todo el día balcones abanderados con la rojigualda. “Parece que el bando constitucionalista ha perdido miedos y complejos”, me dice.

Una dama catalana de misa diaria, que ha aguantado en su casa de Tarragona con la bandera de España en el balcón, me dice: “Sigo asistiendo a la misa porque creo en Dios a pesar de los obispos y no temo a los escraches. Los Jordis, desde la cárcel pueden poner a 200 agitadores en cualquier calle, pero cuando Mariano Rajoytome el mando y pare el golpe de Estado, habrá primero en las calles un millón de personas; a la semana siguiente, 600.000; y así, poco a poco, se irán reduciendo las masas hasta llegar al momento en que no haya nadie”. Me intenta convencer de que en el bando de los independentistas hay mucha gente, pero que hay más en el lado de la mayoría, hasta ahora silenciosa.

Raúl del Pozo ( El Mundo )