LOS BUENOS MODALES

Si se pudiese elegir la forma de dejar este mundo, no estaría mal la de Arturo Fernández: a los noventa años y casi sobre las tablas, estirando hasta el final, con el porte intacto, su eterno papel de seductor elegante. Y sin enemigos en una España donde ser y sobre todo proclamarse de derechas constituye una especie de pecado social imperdonable. Arturo esquivó el estigma porque su perfil dominante en el imaginario popular no era el del ciudadano Fernández, sino el de su principal e invariable personaje: el del pícaro retrechero, el de golferas maduro con encanto galante, el de bribón mujeriego, simpático y bien vestido capaz de componer con Paco Rabal una sugestiva pareja de truhanes.

Creó un género a su medida con ese tunante charlatán, tierno y granuja, el estereotipo de castizo pillastre al que supo dotar del aire cordial y educado de un peculiar dandi. Caía bien porque resultaba entrañable, chapado a la antigua, a contramano de una época entre cuyas costumbres parecía sentirse un inmigrante, apegado a un lenguaje fuera de tiempo y a una devoción desusada por los buenos modales.

Pero tenía talento para autoparodiarse; de hecho fue lo que hizo durante años, riéndose de sí mismo con inteligencia y un humor benigno, familiar, suave, nunca ácido, ni sesgado, ni militante. No fue, ni falta que le hizo, un actor versátil, aunque Garci logró una vez encajarlo mal que bien en el rol enojoso de un gánster, pero sí un profesional de raza, un teatrero insobornable que sostuvo una larga carrera de éxito por pura fidelidad a su natural vocación de comediante. Y qué bien le caían los trajes.

Amaba tanto el teatro que jamás quiso someterse a subvenciones que pudieran encorsetarlo. Montaba sus obras asumiendo riesgos como cualquier empresario y no concebía otro modo de vivir que el de la autonomía de su trabajo. Liberal de convicción y de conducta, concebía su profesión como un quehacer privado, vulnerable a los gustos del público y a sus cambios, sin más red de protección que su seguridad en el escenario.

Por eso sus libretos, sus diálogos, sus chistes, eran ideológicamente blancos, aptos para cualquier espectador sin dobleces sectarios. En los últimos tiempos se permitió soltar alguna declaración política altisonante –de furibundo anticomunismo, para ser exactos– desde la libertad que se había ganado.

Pero ayer mismo, Pablo Iglesias, que hizo de extra en una serie suya, lo despidió con un mensaje de afecto: su empatía personal superaba cualquier rechazo. Era imposible no sentirlo un ser cercano, un hombre bueno en el buen y machadiano sentido de la palabra, ontológicamente incapacitado para hacer daño.

No es ése un mal legado en este banderizo tiempo de trincheras. Arturo logró ser la sonrisa transversal del país sin renunciar a sus ideas. Y convirtió su elegancia, su bonhomía y su nobleza en una verdadera declaración de independencia.

Ignacio Camacho ( ABC )