El Gobierno de Pedro Sánchez y el Partido Socialista decidieron que la mejor manera de explicar sus pactos con Arnaldo Otegi y con EH Bildu era propalar la idea de que así se moderaba la izquierda proetarra. El argumento siempre fue un insulto a la inteligencia, pero tuvo sus concreciones solemnes, como el documento conjunto del PSOE y Bildu para la derogación ‘íntegra’ de la reforma laboral o el pacto de gobierno en Navarra.

Incluso el exvicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias afirmó que Bildu estaba en «la dirección del Estado». La realidad es que la adicción de la izquierda proetarra por la violencia y por las agresiones al Estado constitucional nunca le ha venido dada porque echara de menos pactos con los buenistas de la izquierda española, sino por su deseo de acabar con la democracia en España.

Y Bildu, a través de Otegi, lo dejó claro: sus votos a Sánchez a cambio de presos.

El problema es que la actual dirección del entramado proetarra, encarnada en Arnaldo Otegi, tampoco está en condiciones de asegurar la cohesión de sus bases en torno a esos pactos de oportunidad con el PSOE. En el congreso de Sortu, celebrado en enero pasado, los ‘pragmáticos’ de Otegi hicieron hueco a representantes de una línea más dura y nostálgica, cuyas credenciales podían asociarse al 22% de votos que se opusieron a la línea política oficialista de la dirección.

Ese movimiento de realimentación radical también es visible en grupos extremistas de jóvenes que están ocupando, poco a poco, mayor presencia en el activismo de la izquierda ‘abertzale’. En el reciente ‘Aberri Eguna’ (‘Día de la Patria’), EH Bildu no sumó a todos los grupos de su ámbito ideológico, como sí había sucedido en años anteriores, aunque su convocatoria reunió a miles de simpatizantes en Pamplona.

En Guernica, el colectivo Jardun, aparecido en 2021, rompió la unidad de acción con un acto propio que lanzó los mensajes más significativos de nostalgia por la violencia. El problema, ahora mismo, quizá no sea de números, y por eso la línea oportunista de EH Bildu sigue siendo hegemónica, pero sí es cierto que las voces disidentes ganan terreno.

Hoy son más que hace unos meses, y sus eslóganes nostálgicos por la lucha armada, la amnistía, la confrontación con el Estado, el socialismo revolucionario y la independencia unilateral siguen actuando como reclamos para ‘abertzales’ insatisfechos.

Estos grupos se mueven con soltura en las juventudes ‘abertzales’, activan movilizaciones en el ámbito educativo y se apoyan en los presos de ETA que no han aceptado la legislación penitenciaria para conseguir beneficios.

El blanqueamiento de Arnaldo Otegi y compañía por los pactos con el PSOE no solo no persuade a Jardun y otros grupos similares para iniciar una vía democrática y pacífica, sino que lo perciben como una traición por la acomodación burguesa de la cúpula de Bildu y una oportunidad frente a la laxitud del Gobierno de Pedro Sánchez. Piensan que se puede conseguir más con más presión y este mensaje ya no es marginal en la izquierda ‘abertzale’.

La radicalización de estos grupos no hace bueno a Otegi como interlocutor, ni a EH Bildu como socio político.

Uno y otro siguen siendo una secreción tóxica del paso de ETA por la historia de España, envuelta en el paño de los pactos con el PSOE, cuyos dirigentes, en efecto, han acabado haciendo y diciendo cosas que hielan el corazón de las víctimas, como vaticinó la madre de Joseba Pagazaurtundúa.

El aviso está sobre la mesa y los cachorros de ETA están aullando.

ABC