LOS CHOPOS DE DACHAU

Que nada se seca tan rápido como la sangre ya lo sabía De Gaulle cuando accedió a la independencia de Argelia, indiscutible colonia. En las aceras de la historia se seca la sangre enseguida y en las venas se hiela cuando pensamos que ETA quizá un día cobre sentido. El día en que, con la euforia que sigue al año de la victoria, el nacionalismo hegemónico alcance sus últimos objetivos democráticos. De momento el PNV tiene 1.018 concejales; Bildu, 894; el PSE, 196; y el PP, 79. Los dos partidos menos votados son los que pusieron los muertos.

Quizá España solo pueda mantenerse unida contra el acecho de una mafia violenta, cuya indefendible fealdad desacreditaba una causa que hoy resurge con alivio, higienizada, lista para condicionar el próximo estatuto. Quizá, perdonadme, la paz acelere el desmembramiento del Estado. ¿Habría podido lanzarse el procés con una banda nacionalista en activo? ¿Y no habría sido el País Vasco la primera comunidad en celebrar un referéndum de autodeterminación en ausencia de ETA?

Que la intensificación de los atentados etarras durante la Transición le granjeó al PNV una muy ventajosa posición negociadora lo sabemos todos, pero en especial los separatistas catalanes, que cuando insisten en el carácter pacífico del procés en realidad están velando una amenaza: «¿Qué más hace falta para que os sentéis a negociar, que os matemos también?» Solo hay algo peor que el terror soportado: una paz subastada.

Desprestigiar el terrorismo en la época de Instagram era lo sencillo. Lo difícil sigue siendo cegar su manantial ideológico, que hoy fluye caudaloso, alimentado por dos viejos afluentes: el nacionalismo y el marxismo. Porque ETA nunca fue más que el derecho a decidir a tiros del pueblo -pueblo siempre es una sinécdoque en política, pero vaya si funciona-, y por eso duró tanto y contó con tantos cómplices de paisano, y todavía despierta admiraciones que eran inconfesables hasta la invención del anonimato tuitero. Los zulos siempre estuvieron a la vista: ahí mismo, bajo el cráneo de tus vecinos.

Hace unos días visité Dachau. No fue abierto al público hasta 1965 y por iniciativa civil. Porque unos pocos justos decidieron quebrantar el pacto de silencio en que convergían las víctimas que preferían olvidar el trauma y los verdugos a quienes no les convenía airear su pasado. En la explanada del campo los nazis plantaron altos chopos que flanqueaban los barracones. Eligieron el chopo porque su copa es tan delgada que no da sombra: así los prisioneros no podían refugiarse del sol cegador y el calor fundente del estío bávaro. Siguen allí, se cimbrean al viento como largos esqueletos verdes y parecen saludables porque no pueden contar lo que han visto. El árbol de Guernica no es un chopo, pero podría serlo.

Jorge Bustos ( El Mundo )