Gracias a sus alegrías ideológicas y a las copiosas subvenciones dedicadas a su ejército de activistas y a sus innumerables lóbis, los gobiernos socialistas son expertos en disparar la deuda pública a niveles intolerables. La solución al despilfarro requiere, claro está, subida de impuestos.

Y, así, son los españoles que producen quienes pagan los caprichos de estas izquierdas dedicadas a destruir España. Ergo, el trabajador español, mediante la gestión socialista, está financiando la destrucción de su patria y el enriquecimiento de sus impositores.

Son las flacas espaldas y los débiles brazos de los contribuyentes los que sostienen el Estado frentepopulista, los que soportan los gastos autonómicos, los que alimentan el abusivo, incongruente, pero nada misterioso proceso migratorio, impuesto por los patrones del NOM.

Todos callan, pero son sólo los españoles que trabajan, no los españoles ablandabrevas, los que pagan. Mientras tanto, ante su inexplicable silencio, ante su humillante actitud, el Gobierno de los veintitantos ministerios, de los mil asesores, de los cien mil amiguetes enchufados y de los varios millones de activistas mercenarios, continúa multiplicando el derroche y aniquilando a la nación.

Algún día no lejano, el Banco Central Europeo y sus mentores del NOM, cuando nos tengan bien maduros o les cuadre, dejarán de proporcionarnos el oxígeno que nos mantiene vivos artificialmente y asestarán el golpe definitivo. Y usted, amable lector, habrá perdido todo su patrimonio y toda su libertad, si no su vida.

Se habrá cumplido entonces la estrategia diseñada por los cofrades de Satán para defenestrar a la nación más temida y odiada por ellos desde el día en que los Reyes Católicos demostraron al mundo que España, sin necesidad de ser la nación más rica y más poblada, era capaz de tener el mejor ejército, la más eficaz administración y el más elevado espíritu.

El caso es que el orden globalista promueve unas estructuras sociales que, desechando cualquier valoración ética, consideran la sumisión como factor de mercado. Es un relevo ético que censura la imaginación, el idealismo y la religiosidad, y los sustituye por el cálculo económico, la interminable resolución de problemas científicos y técnicos, la impostada preocupación por el medio ambiente, la migración, la inoculación de sustancias perniciosas y mortales y la desnaturalización humana, haciendo de las sofisticadas necesidades del consumidor de hoy, un campo de pruebas vejatorias.

Lo que, en resumen, el NOM pretende es integrarnos después de habernos canibalizado. Se trata de crear una multitud subvencionada y abducida, una amplia marginalidad controlada, evitando así la marginalidad real, que es siempre más peligrosa. Si alguien molesta con sus críticas, se negocia con él; si no es posible la negociación, se procura comprarle; y si ninguna de las dos operaciones es ejecutable, se le fulmina y extermina.

Y siendo esto así y si la muchedumbre no despierta de su dilatado letargo, sólo unos cuantos conspiranoicos sentirán la nostalgia por los sones de la vieja música. Sólo unos pocos se dedicarán a escuchar el injusto dolor de los espíritus libres e intentarán corregir sus causas. Y, mientras el aplauso de los secuaces suena, los aplaudidos plutócratas del NOM escucharán también su propio, pomposo y maléfico egoísmo, olvidando el daño ajeno y la injusticia.

Mientras la melancolía se adueña del alma de Occidente y las hiedras embozan los muros de la patria ociosa, los arrullos del aplauso adormecen al gentío en un dulce nirvana, incapacitándolo para la crítica. Así será más leve la impresión inquietante del vacío, más tenue el desconsuelo por el quebrantamiento de las viejas promesas de justicia, la amarga certidumbre de que hemos sido expulsados del territorio de lo hispánico, de lo glorioso.

El caso es que sólo hay una tarea digna en este mundo: defender la verdad. El nexo entre ética y política es imprescindible y no se puede romper. Los políticos deben tener claro que o son capaces de ejercer su profesión con dignidad o están automáticamente descalificados y expuestos a ser conducidos a galeras, ya que no ahorcados. El humanismo cristiano debe tener un papel relevante en la educación, y los intereses particulares nunca pueden estar por encima de los del común. Es necesaria y justa la insumisión frente a los corruptos y genocidas.

Y es imprescindible quitar la nacionalidad, encarcelar y hacer pagar el monto de sus latrocinios, genocidios y perversiones a los que aniquilan a sus conciudadanos, a los que queman y traicionan la bandera y demás símbolos de la patria, a los que saquean sus riquezas y dejan a merced del enemigo sus fronteras.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )