LOS FANTASMAS DE JOAQUÍN TUESTA

Cuando Miquel Iceta se dirigió ayer, a la carrera, a la tribuna de oradores del Parlamento catalán parecía que fuera a arrancarse con uno de esos bailecitos con los que termina sus mítines. No fue así y lo más sobresaliente de su discurso fue reprender a Inés Arrimadas por exhibir una bandera de España como símbolo de la unidad y la igualdad de 47 millones de personas.

Al PSC le cuesta un mundo sacudirse el complejo de inferioridad que históricamente ha tenido frente al nacionalismo y, por eso, no pierde ocasión de echar una reprimenda a quien recuerde que Cataluña es la parte de un todo desde hace un buen puñado de siglos y que los símbolos que definen esa unidad son los que son. Le debe parecer algo «facha»…

Mucho más contemplativo estuvo Iceta con Quim Torra, a quien apenas afeó el penúltimo chantaje al Estado que planteó la víspera al doctor Sánchez. Insistió el socialista en crear una «mesa de diálogo» para apaciguar a la banda del lazo. Otra mesa, seguramente los CDR dejarán de apalear a policías, acosar a periodistas y provocar disturbios en cuanto Iceta se siente con Torra en ella. A Iceta, bailarín entre dos aguas, ya le llaman en Barcelona «el fuster de L’Eixample» (el carpintero del Ensanche) por la cantidad de mesas de diálogo que ha propuesto, con el «éxito» conocido.

Arrimadas parece haber recuperado el brío político incomprensiblemente perdido en lo que va de año pese a haber ganado las últimas elecciones. Ayer decidió la dirigente de Ciudadanos salir de ese extraño eclipse, de esa renuncia a hacer ondear con energía y de manera permanente la bandera del constitucionalismo en Cataluña, una tarea que ha venido subrogando en la imaginaria Tabarnia que puso al separatismo ante el ridículo de su espejo y que se batió el cobre contra la fantasmagórica república proclamada por el forajido de Bruselas, ese cobardón pregonado que se cree audaz solo por peinarse como el príncipe valiente.

Álvaro Martínez ( ABC )