LOS HERMANOS MARX EN CATALUÑA

Una clave del éxito del «proceso» reside en la épica. Muchos ven en él lo que buscan, es decir, protagonizar una hazaña o hecho grandioso que dé sentido a su vida: romper un Estado y construir otro. Para los más jóvenes, se trata de edificar la Nación de la cual hablan los libros, las canciones, la escuela, la familia y los medios de comunicación. Para los menos jóvenes, la última oportunidad para realizar el sueño de la Cataluña libre. Por eso, veneran a sus héroes cuando desfilan hacia el Tribunal Supremo o la Audiencia Nacional. Y cuando entran y salen de la prisión por presunta rebelión o sedición. El secesionista, ¿cómo reaccionará en las urnas después de comprobar que los héroes acatan el 155 y la Constitución para librarse de la prisión? El secesionista lo deglute todo. Y guiña el ojo.

El constitucionalismo denuncia la Gran Mentira del «proceso». España no nos roba, el derecho a decidir no existe, el derecho a la autodeterminación no es aplicable a Cataluña, el referéndum del 1-O era ilegal, no hay presos políticos. El secesionista, inasequible al desaliento, no lo cree o calla. ¿Qué ocurre? El militante secesionista –con la ayuda de los medios afines– construye una fantasía –la nación catalana, la independencia catalana, la República catalana– que acaba dominándole y alienándole.

De comparaciones y analogías. ¿Arrimadas? Algo del Macron que quiere revertir el declive de Cataluña. ¿Iceta? Algo del Cambó que busca la reconciliación ciudadana y la reconstrucción de un catalanismo moderado que reivindique la autonomía –o el federalismo– y el marco constitucional. ¿García Albiol? Algo del alcalde republicano Giuliani que adopta la teoría de las ventanas rotas y es partidario de la «tolerancia cero». ¿Los líderes secesionistas? Como en «Los hermanos Marx en el Oeste»: «Más madera, es la guerra». Al final solo queda el esqueleto del tren. Y al fondo, Nigel Farage.

Miquel Porta Perales ( ABC )