La humanidad es esencialmente rebaño. La mayor y más pestilente enfermedad de los ánimos ignorantes es el defender, como si fuera la misma verdad y razón, sus insensatos extravíos. No les interesa aprender el fondo de las cosas, pero, aunque lo intentaran, jamás arribarían al conocimiento de la verdad.

Un pueblo que elige o acepta a gobernantes ladrones y a reyes cómplices, es un pueblo que nunca será su propio dueño. Durante la nefasta Transición los españoles no han hecho otra cosa que dar de comer al diablo. Por eso Satanás -a través de sus hijos- se ha ensanchado tanto, de ver tan manso y rendido al pueblo. Los políticos, como la mayoría ciudadana, son profundamente cínicos. Desprecian el poder como virtud, aunque aparentan respetarlo. La casta política es un reflejo de la sociedad, pues nace en ella y se alimenta de ella.

Los siervos necesitan amos. Sin un amo sobre el cual cargar el doble peso de la decisión y del coste moral que toda decisión desencadena, el siervo perdería coartada. Es dulce ser siervo, obedecer; poder incluso, de vez en cuando, cambiar el nombre del amo… sin que nada cambie.

De todas las criaturas creadas, el hombre es la más detestable. De toda la camada, el hombre es el único animal que posee maldad. Ese es el más bajo de todos los instintos. El más odioso. Es la única criatura que inflige dolor por deporte, sabiendo que es dolor; la única criatura que posee una mente perversa. Como nuestros políticos de la casta y sus reincidentes votantes.

Dentro de la sociedad, gran parte de los votantes de las izquierdas resentidas, en particular, y de la casta política, en general, que eligen a sus representantes una y otra vez, poseen ese placer elemental que sólo con el infinito arbitrio de infligir dolor al otro se satisface. Paradigmas como son de lo más horrendo de la condición humana, abrazan una filosofía brutal y primaria: sacarse un ojo para arrancar los dos al vecino.

Los antiguos romanos decían que España era una tierra cunicular, una tierra de conejos, por la abundancia de ellos. Si Tácito o Tito Livio se alzaran de sus túmulos, dejarían constancia de la evolución faunística hispana, asegurando que ahora es un país mixto de borregos y de hienas: los rebaños de pueblos inclinan la cabeza ante sus gobernantes, y las hienas se sacian de despojos y carroña.

Muchos, por interés, por afinidad o por ignorancia, coincidieron en su día – ¡y siguen coincidiendo! (Feijoo el último)- en afirmar que Felipe González era un gran político. Algo que no pocos se atrevieron a insinuar también con Zapatero; y ya vemos cómo aplauden los medios informativos, y no digamos la bancada, a Sánchez, en la actualidad.

No sería yo quien les negara tal devoción si se entendiese la política como una feria de farsantes en la que cada vendedor pretende colocar a buen precio la burra coja y ciega. ¿Qué se puede esperar de unos políticos que argumentan con falacias y que tienen en el engaño su mayor habilidad? Las expectativas que pueden vislumbrar tipos así son las de erigirse en el mejor de los feriantes porque a todos aventajan a la hora de recurrir, cobardes, a la simulación y a la impunidad.

Si al cinismo, a la preocupación por el interés personal y a la ingeniosidad para cargar sobre los demás la pena que ellos primordialmente merecen los consideramos méritos políticos, González Márquez y sus sucesores y herederos -incluyendo a los de otros partidos- han sido y son unos insuperables profesionales de la política; mas no debemos olvidar que las perversiones, egoísmos y delirios de los gobernantes los acaban pagando los pueblos.

Primero traicionaron las promesas que los llevaron al poder, después engañaron a quienes confiaron en sus propuestas sociopolíticas y programáticas, más tarde desmantelaron las instituciones y arruinaron al pueblo, permitiendo que la corrupción y la injusticia degradaran la sociedad y, siempre, un paso más allá en su camino de ignominia, se propusieron desmembrar la nación, alentando o aceptando, en beneficio de su grosera ambición política, los espíritus mercantiles o serviles de tantos líderes autonómicos que, como ellos, tienen la razón turbada por la ambición, y el odio a España como complejo obsesivo.

España, plagada de dirigentes y esbirros ávidos de dignidades, codiciosos de intereses, henchidos de apetitos, que no viven sino para encontrar los medios con que avivarlos, excitarlos y satisfacerlos, está enferma, moribunda de larga enfermedad.

Y es sabido que la larga enfermedad hace burla de los médicos. Unos médicos que, en este caso, presidiendo o componiendo -del rey abajo- las instituciones, son los primeros y más sañudos maltratadores del enfermo. No pueden ser respetables los malvados; ni los incapaces, por activa o por pasiva.

Un pueblo sano debiera estar contra los ladrones y contra aquellos que por naturaleza aceptan o eligen a los ladrones, movidos por el rencor o por la esperanza de la rapiña. Contra quienes con su lengua proclaman la libertad, la democracia y la justicia y con sus corazones y sus actos las impiden. Y, por el contrario, a favor de quienes con inteligencia y buena fe buscan la libertad y la justicia y padecen la indignidad.

Mas si este pícaro y miserable pueblo nuestro, junto con los intelectuales que ponen su dudoso prestigio al servicio del poder, engulle la vileza sin sufrir sensaciones nauseabundas, es lógico que se deje gobernar por el abacero y por el truhan, puesto que en la España de hoy todo cuanto brilla no es sino el oro falso de los abaceros y las viles argucias de los truhanes.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )