LOS HUESOS DE DIOS

SI LA oposición política tuviera nervio esperaría a que llegara el Poseur al Congreso a convalidar su decreto ley para desenterrar a Franco y le preguntaría:

-Muy bien, señor Sánchez, pero dígame antes qué hacemos con la Cruz.

Tengo delante cuatro maravillosas páginas del diario Abc, del año 1957. Una conversación de Tomás Borrás con el arquitecto Diego Méndez, que dirigió los trabajos y diseñó la Cruz. Explicaba que el Risco de la Nava le había parecido apropiado al Caudillo en todos los órdenes: «Hermosura del sitio, magnitud, aspecto imponente y bravío que recoge el ánimo a la meditación, mas no le afemina». Qué grande. Y seguía ya de lleno en el asunto: «Presentar una Cruz en lo alto del risco que trepa a las nubes sin que pareciera enana, vulgar de estilo y proporciones era la pesadilla, repito, tanto del Caudillo como mía».

Borrás tampoco era manco. Así remataba: «Y en el puño de la montaña coloca tesonera esa fe una Cruz que alcanza al cielo… Un cielo de vagarosa palabrería de viento batiente, de aves señoras que se inmoviliza en la altura, de alta cetrería de nubes, que condicionan desde su nido en el canchal las llanadas secas de la Sagra manchega. El mayor exvoto concebible, muestra de las fuerzas de eternidad de España».

El Valle de los Caídos es, secundariamente, la tumba de Franco. Lo sustancial es la Cruz y este canchal de palabras. De ahí la necesidad de la pregunta parlamentaria. Los 300 metros de risco y cruz señalan el punto culminante del régimen que, con notable apoyo popular, gobernó España durante 40 años. Es la Cruz y no los huesos de Franco los que hacen del Valle un extraordinario testimonio del nacionalcatolicismo.

Y lo que debería ser objeto prioritario de una izquierda veraz: Franco es un angelito al lado de dios. El monumento no puede reconvertirse. El Valle puede dinamitarse pero es imposible hacer de él un Arlington. La Cruz pesa. El Gobierno, aislado en un océano, dice ahora que convertirá el Valle en una suerte de Auschwitz. Me alegra que al Gobierno le traiga sin cuidado la ley de Godwin.

¡Así lo quiero siempre! Aunque ahora que ha pronunciado la palabra habrá de convencer a la Iglesia de lo bonito que quedaría un auschwitz rematado con la Cruz. Pero la idea va en la dirección adecuada. Un paso más y el Gobierno caerá en la cuenta de que un elemento fundacional de su auschwitz son los restos del otro creador. Para ilustración de las masas y hasta por venganza, inútiles.

El Mundo