LOS INDEPES NO QUIEREN A ICETA

El Reino de España temblaba ante el motín de los indignados y la declaración de independencia de Cataluña. Del pareado indignación-secesión, que nos atormentó, sólo queda el procés, que no va a ninguna otra parte que no sea el bloqueo o el caos, pero que aumenta su popularidad y simpatía en universidades, parlamentos y periódicos.

Sólo Europa apoya firmemente la democracia española. El candidato socialista a presidir la Comisión le ha recordado a Junqueras que no se puede violar la Constitución en un Estado de derecho. En junio llegará la sentencia que sacudirá la política española y, como escribe Lola García en La Vanguardia: «Cualquier desenlace, desde la absolución hasta una dura condena por rebelión, condicionará los próximos años». No sólo los próximos años, sino al próximo Gobierno, que está con la mayoría en el aire.

En los años de la recesión estallaron la burbuja inmobiliaria, los episodios de mangancia, los motines callejeros; no se oía una palabra de fraternidad o de consenso. Había una atmósfera de corrupción y de revuelta. Todo se iba descomponiendo con la quiebra bancaria, los escándalos de la Corona… aunque la España indignada no llegó a tomar los palacios.

Los jóvenes airados del 15-M llegaron como estrellas de rock y ya parecen carrozas; han dejado de ser la foto del cambio. Decían algunos políticos que nos enfrentábamos a un crisis sistémica, que la Transición se había agotado, pero todo sigue casi igual, o quizás un poco mejor -si nos olvidamos de Cataluña, con los secesionistas, que quieren que se derrumbe todo-.

Ayer mismo los independentistas vetaron a Iceta como candidato a presidir el Senado. Los de ERC recordaron que era un representante del régimen del 78. Se ha consolidado la restauración que corona Felipe VI. La Constitución sigue aguantado y la gran avería continúa siendo Cataluña -con una fractura social, el supremacismo disfrazado de democracia, la victimización grosera-, en una marcha irracional de millones de ciudadanos que han pintado sus calles de amarillo en las últimas elecciones.

En este viaje al absurdo, el portazo a Iceta ha sonado como un disparo. Los indepes no quieren en Madrid un pacificador, sino un enemigo. El sueño de Maragall -el Senado en Barcelona, bicapitalidad…- ha sido bloqueado. Se niegan a votar a alguien que, según ellos, puede llegar a cerrar el Parlament.

Rechazan la bandera blanca, exigen la imposible autodeterminación por miedo a que les llamen traidores aquellos a los que han llenado la cabeza de milongas. Niegan la mano al que se la tendió. Ahora esperan chantajear a un Pedro Sánchez con mayoría apurada para que les conceda imposibles mercedes.

Raúl del Pozo ( El Mundo )