En los años de Al Capone los policías que luchaban contra la mafia y cuya historia noveló Eliot Ness, eran los únicos intocables, o al menos eso es lo que nos cuenta la ficción. También se sentían protegidos los poderosos que gozaban de permisividad para hacer lo que les viniera en gana, sin que nadie se atreviera a molestarlos, y esa realidad la arrastramos desde el principio de los tiempos.

En cambio, en los últimos años han surgido cientos de espontáneos con ganas de pelea, que sin que nadie les pida auxilio, desenfundan su Tizona o la AK 44 y se lían a mandobles dialecticos contra el primer ingenuo que ose hablar mal de un personaje de su tribu.

Estos duelos son más civilizados que los que enfrentaban en el Far West a los casi buenos con los malos, aunque se asemejan en algo a las peleas de hoy porque el retador no tiene nada de Quijote y sí mucho de Jesse James, con la atenuante de que, en el peor de los casos, te destroza la fama o te hiere con amenazas, pero salvas la vida, porque la civilización ha prohijado más bocazas cobardes que valientes suicidas.

Por eso no hay nada mejor que tener una Tribuna con muchos seguidores para creerse titular de las tablas de la ley y repartir amenazas, insultos y anatemas contra el primer despistado que se haya atrevido a decir, por ejemplo, que Fernando Simón ha tenido otra vez un mal día, que es algo que le puede suceder a cualquiera, pero en esta feria de las vanidades apenas hay gente que aguante, sin cabrearse, el vuelo de una mosca en el perímetro de sus partes blandas.

El gobierno sostiene a todas horas que cualquier ministro puede expresarse en los términos que más le plazcan en relación a cualquier asunto que nos afecta a todos los ciudadanos, en uso de su derecho a la libertad de expresión, y en consecuencia eso vale también para un señor de Cuenca, y una señora del Algarbe , un sobrado de Girona, un andaluz del Betis o una madrileña  sin complejos. Es decir: nadie es intocable.

A mí me parece muy sano todo tipo de desahogo que baje de su pedestal a cualquier persona con poder o influencia que se crea con un derecho superior a los demás a no ser molestado, siempre que las palabras no sean sinónimo de una agresión verbal o un zafio insulto, y no hago excepción, porque un servidor público, empezando por el Rey y acabando por cualquier que cobre de nuestros impuestos, no es uno de los intocables de Eliot Ness.

Diego Armario