LOS LINCHADORES

Cuando se produce un crimen siempre aparecen una serie de personajes secundarios que tienen a gala la exhibición de sus instintos. Aún reciente el asesinato del niño Gabriel en una pedanía de Almería, se han vuelto a repetir, como si se tratara de una maldición. Igual que las moscas van a la mierda, ellos están siempre sobrevolándola hasta posarse. Nada que ver con ninguna maldición bíblica o razonamientos. Aseguran que les sale de dentro. Quizá porque lo que tienen dentro apesta, ya sea el odio o la venganza. Ni son familia, ni siquiera conocen a la víctima y menos al verdugo (Nadie se quejará por no escribir “verduga”; lo que ayuda a entender el carácter reaccionario del lenguaje políticamente correcto).

Ante crímenes de esta naturaleza, en los que se mezclan niños asesinados, zorras desalmadas, cuando no pederastas, familiares con vínculos de sangre, es cuando aparecen los cuervos. Los medios de comunicación menos comunicativos, pero más seguidos, revolotean y chapotean en la sangre. Si no la hay da igual, ellos la ponen gratis. Se emiten las imágenes con una insistencia en la que se mezcla la incompetencia profesional y la falta de recursos para dar información sin ensañarse. Se repiten hasta la saciedad y han de buscar expertos con jeta mediática, que enuncien boberías como sentencias lapidarias.

El resultado es un compendio de basuras varias, con escasas excepciones. Casquería informativa que diríamos en estos tiempos en los que ya casi nadie sabe que existían unas carnicerías muy solicitadas que se llamaban así y donde se dispensaban las partes menos nobles de los animales. Y no deja de ser una comparación macabra el que “lo menos noble” fuera el corazón, el hígado, los riñones, el cerebro, los cojones, a los que se suavizaba denominándolos “criadillas”.

En resumen, un conjunto que se conocían como “las vísceras”. Una costumbre vieja de siglos en España. Las casquerías vendían para consumo humano y no del gato lo fundamental del cuerpo y aparecen con sus variantes en todas las lenguas peninsulares. Era comida festiva, incluida, ¡quién lo iba a decir!, la lengua. Como ilustración para fanáticos, la mejor lengua, la de ternera, se estofaba. Ahora está mal visto. Hoy día sólo se estofan los pobres.

Gregorio Morán ( El País )