El diputado comunista Enrique Santiago se enfadó mucho en el Congreso porque se llama «marqueses de Galapagar» al vicepresidente segundo del Gobierno y a la ministra de Igualdad, a la sazón pareja y residentes en un chalé con casa de invitados, piscina y tinaja en una localidad de la sierra de Madrid que, casualmente, se llama Galapagar.

Es cierto que Pablo Iglesias e Irene Montero no tienen, por ahora, un marquesado, pero no lo es menos que tienen todo lo demás que adorna a lo que podríamos considerar la nobleza actual o, si ustedes lo prefieren, la casta: poder, propiedades, ingresos económicos varias veces superiores a los de una familia media, protección policial para separarlos del vulgo, fama…

Así que técnicamente puede que la expresión «marqueses de Galapagar» sea inexacta, pero como metáfora es perfecta, de hecho se queda corta: desde que el primer marqués de Salamanca hizo política y negocios a la sombra de Isabel II, yo creo que no ha habido en España ni un solo noble con tanta influencia, tanto poder y, al paso que vamos, tanta pasta como la que atesoran los Iglesias-Montero.

Pero ese es, precisamente, el problema: si hay algo que los comunistas no soportan es que les pongan ante la verdad de sus propias mentiras, y no ha habido un solo político en la historia de nuestra democracia, ni uno, cuya vida sea tan diferente a su doctrina como esta parejita: el que jamás iba a salir de Vallecas vivir en un palacete burgués; la combativa dirigente feminista ha ascendido a ministra tras emparejarse con el líder supremo; los que representaban a «los de abajo» maltratan al servicio… Es que no les falta de na.

Pablo Iglesias e Irene Montero están en este momento pujando por entrar en el selectísimo club del 1% de los españoles más ricos, viven como tales, se reparten el poder en pareja como no osaron hacerlo ni los monarcas absolutistas, pero, eso sí, que no se nos ocurra llamarlos “marqueses”, porque ellos pueden hacer todo eso y más, si les da la gana, que para algo tienen la bula suprema: ser de izquierdas.

Es más, no sólo son de izquierdas sino que son comunistas, por lo que la manga es todavía más ancha: ningún dirigente del PSOE podría permitirse –al menos por ahora– lujos como colocar a su señora en el Consejo de Ministros, comprarse un casoplón en una zona burguesa del norte de la capital en pleno ejercicio del poder o pagar una indemnización de decenas de miles de euros a una empleada porque la has tratado como a un pedazo de mierda, con perdón.

No hace nada el propio Pablo Iglesias decía que había que «normalizar el insulto», y hace algún tiempo más desde este mismo partido se pregonaban los recortes con guillotina, las visitas con dinamita y el llamar «criminales» a los banqueros en pleno Congreso, como hizo Ada Colau. Ahora, montados en la pasta y en la casta, se ponen exquisitos porque les damos trato de nobles.

Pues se van a tener que aguantar, señores marqueses.

Carmelo Jordá ( Libertad Digital )

viñeta de Linda Galmor