LOS MODERADOS

Hablé hace unos días con un veterano sindicalista vasco. Curtido en mil batallas y buen conocedor del odio. De cómo se engendró y cómo se mantuvo ahí, bien calentito. Está asustado: dice que España rezuma cada vez más odio. Y que todo puede volver a ocurrir. Me pareció exagerado, pero cada vez menos. Un país tan enfrentado resulta agotador. Viejo, retrógrado. Peligroso. A veces parece que lo único que se vive como una victoria es la pequeña derrota del adversario.

Lo hemos llamado crispación. El caso es que muchas conversaciones se hacen insoportables. Los unos dicen que el Gobierno no ha podido hacerlo peor, cuando sí ha podido, ¡por supuesto! Los otros dicen que el Partido Popular lo habría hecho mucho peor; otra hipótesis fanatizada. Todos ven todos los días la gota que ha colmado el vaso de su tribu. Y todos ven todos los días a la otra tribu cada vez más radicalizada.

El país se ha catalanizado, después de que Cataluña se vasquizara. Desde hace tiempo y más con la pandemia, somos bandos. O está usted con el Gobierno o está contra él. Cosa que acaba resumiéndose en sus extremos: o defiende usted a Vox o defiende a Bildu y a Podemos.

Ya sabe: los primeros están con lo peorcito de Europa, pero aquí tampoco han planteado demasiadas burradas y al menos son patriotas. ¿Bildu? Bueno, están dando pasos y al menos no son fachas. Y hombre, Pablo Iglesias no es Stalin ni Maduro. Al menos ya ha pasado por el aro.

En este contexto, decir que el choque político debería parar un poco, que tanto encabronamiento sólo engendra odio, implica ser automáticamente tachado de simple u oportunista. De lacayo. De -entónese con desprecio- moderado. Pero vayamos a ello.

Que Ciudadanos y el Gobierno pacten es sano; también que el PP intente alcanzar acuerdos. Los frutos ya los juzgaremos. Las razones: habrá mil, la mitad inconfesables. Qué más da, nadie es casto en esto. ¿Si Pedro Sánchez será leal? No lo parece, a tenor de su historia reciente. Hará lo que le convenga. Es triste, pero quizá sólo quede confiar en que lo que le convenga al presidente le convenga a España.

Los riesgos que planean sobre el moderado son abultados. La equidistancia que siempre acaba del lado del poderoso. La cancioncilla de la reconciliación, tantas veces farsa. Callar y ceder para no debatir porque el otro grita y amenaza. Ahí, con nuestros riesgos, estamos unos cuantos. Eso sí, no nos coloquen entre los zapateros de falsa concordia, por favor.

 Que rogar acuerdos no es servir al diablo.

El Mundo