LOS NIÑOS Y EL BICHO

Los programas de las televisiones nos ofrecen de vez en cuando imágenes grabadas de niños pequeños, simpáticos, guapos, alegres y divertidos, contando su versión sobre el confinamiento que padecen junto a los mayores, y como solo les vemos unos segundos  en los que ríen o cuentan anécdotas, podríamos quedarnos con la errónea sensación de que están llevando bien y con naturalidad este largo confinamiento, pero no es así.

Me preocupa seriamente la ausencia de ideas para afrontar esta situación porque parece que el miedo bloquea la imaginación y devalúa la inteligencia de los mayores preocupados por la supervivencia,  y se echa de menos una acción que proteja emocionalmente a los pequeños que no entienden lo que sucede y no basta con que se lo expliquemos, porque se sienten secuestrados en sus propias casas.

Esta pandemia no afecta a la salud física de los pequeños y ésa es una razón para que el drama que vivimos como sociedad sea menos duro, pero sí puede hacer mella  en su estado de ánimo, y aunque en algunos casos puede fortalecer su carácter en otros  les  induce a refugiarse en el silencio y a veces el llanto, síntomas de una soledad emocional que no están acostumbrados a administrar.

Juegan con sus padres y hermanos, pero no con sus amigos o sus vecinos. Corren por los pasillos de sus casas, pero no por el patio del colegio. Su mundo, que nunca tuvo límites ni fronteras, ahora se reduce a las paredes de una casa o a un jardín interior en el caso de que dispongan de él.

Apenas hablamos de este asunto pero alguien debería estar pensando en fórmulas imaginativas que superen las habituales de los programas de televisión y las películas de dibujos animados, porque sin darnos cuenta los pequeños se sienten  perdidos en un mundo desconocido que les caído de golpe sobre sus hábitos infantiles.

No obstante yo confió en la fortaleza mental de los pequeños porque están más dotados que los adultos para afrontar sin manías ni prejuicios el nuevo mundo al que se enfrentan,  a pesar de que es un escenario desconocido.

Todo nos ha pillado por sorpresa y carecemos del manual de instrucciones para saber cómo actuar en estos casos, pero algo hay que hacer en un país como el nuestro en el que tenemos el mayor número de doctorados en improvisación de Europa.

Aunque tengo tres nietos (Nicolás de 9 años, Alex de 6 y Gala de tres meses)  a los que solo veo por Skype desde hace semanas, no estoy hablando en estas líneas de un asunto personal, porque lo que hago es bucear con mi imaginación en el inútil  intento de descubrir algo que ayude a  un sector de los olvidados de esta crisis, que se han convertido en espectadores de una situación que no comprenden.

Diego Armario