LOS NUESTROS

Los rojos le robaron la fábrica y le quisieron matar; los nacionales se la devolvieron y le dejaron en paz. Pero él era catalanista y les decía siempre a sus hijos: «Los nuestros nunca llegarán». Aceptó la fábrica de vuelta, se hizo rico y pudo cuidar de su familia. ¿No fueron los suyos? ¿No llegaron justo a tiempo de salvarle de morir asesinado por ir a misa?

Resume el catalanismo que desprecies a la España que te devuelve la fábrica y te salva de la FAI o de la CUP. Es cierto que Franco prohibió la enseñanza en catalán, pero si las mejores obras de la literatura catalana del siglo XX, lo mismo que las más protestonas canciones de los cantautores, se publicaron durante la dictadura, mucho más que bajo las subvenciones de la Generalitat, ¿no es excesivo hablar de genocidio cultural?

Franco no habría durado 40 años sin el apoyo entusiasta de la mayoría de los catalanes, y sin él no se entenderían las actuales fortunas de la burguesía catalana, si es que todavía queda algo llamado «burguesía catalana» y no son más que cuatro ricos incapaces de defender nada, como Manuel Valls les retrató en una reprimenda memorable.

Si Cataluña no es una república es porque Junqueras se entregó y Puigdemont se fugó, reconociendo ambos la plena vigencia de la legalidad española en mi tierra. La condena del independentismo es previa a lo que sentencie el Supremo, y no por haber declarado la independencia, sino por no haberla defendido.

Por eso Quim Torra se delata cuando dice en Lledoners que no acatará lo que decidan los jueces, comportándose hasta mientras lo promete como un súbdito español: pudiéndoles liberar, mantiene encerrados a los presos, y cumple con la Constitución que le permite continuar siendo presidente.

Somos lo que hacemos. Los mitos sirven para engañar a los demás pero es un suicidio creernos nuestras propias mentiras. ¿Qué sería Cataluña sin la fábrica?

El gran drama del catalanismo no es que no pueda cambiar la realidad, sino que no sabe identificarla.

Salvador Sostres ( ABC )