LOS NUEVOS  ESCLAVOS

Pensé que habíamos llegado al cenit del cretinismo cuando vi a aquellas animalistas que separaban a los pollos de las gallinas para evitar «que las violen» y denunciaban que son «destinatarias de violencia, abuso y maltrato psicológico» por parte de los gallos.

Pero resulta que una plataforma de televisión ha retirado de su catálogo «Lo que el viento se llevó» por racista, lo que confirma el famoso proverbio de Einstein que dice que sólo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana.

Nuestro proceso de idiotización, al que llamamos evolución, o progreso, si nos centramos en la cuestión política, no tiene límites. Hattie McDaniel, la criada que talló en mármol el epitafio de Vivien Leigh, «sí, señorita Escarlata», se tiene que estar retorciendo en su tumba mientras recita el verso de José Hierro: «Después de tanto todo para nada».

Pero qué podemos esperar de los antifas que se arrodillan contra el racismo por la muerte de George Floyd, que es consecuencia de la vileza de un policía, no de la raza blanca, mientras pasan la página de la sección Internacional donde se cuenta que más de 600 cristianos han sido asesinados en Nigeria en lo que va de año.

Todas las cabezas de ganado del pensamiento huero atienden a una voz que exclama: ¡Desobedeced! Y le obedecen. Dejan que otros piensen por ellos, que los arreen como acémilas hacia una falsa justicia social que en realidad es una trampa sin salida y un oprobio porque usa cualquier bien superior de forma sucia para obtener un bien particular: el poder.

La lucha contra el racismo, la homofobia o el machismo se ha convertido en un negocio turbio para los amos contemporáneos, que usan estas etiquetas para encadenarnos. ¿Cómo se puede ser antirracista mientras se le da cuartelillo a un régimen que masacra a los kurdos por el mero hecho de serlo?

¿Cómo se puede liderar la lucha contra la homofobia vistiendo una camiseta del Che Guevara, que metía a los homosexuales en campos de trabajos forzados «para corregir sus conductas impropias»?

¿Cómo puede alzar la bandera del feminismo un partido que en ningún lugar del mundo ha estado jamás dirigido por una mujer? Esta farsa, que mezcla de forma magistral el poder de la propaganda con el del aborregamiento, es la que nos lleva en España a promover manifestaciones antirracistas durante el estado de alarma mientras se denuncian las caceroladas contra el Gobierno como focos de infección intolerables.

Los farsantes soplan y sorben a la vez. Siempre ganan. Ninguna idea les interesa por sí misma, sino por la rentabilidad que pueda generarles. Por eso se permiten sin el menor pudor un apropiacionismo ideológico que nos conduce a aberraciones surrealistas.

Si ha caído «Lo que el viento se llevó», a «Verano azul» le queda un telediario. Ese revisionismo que se está promoviendo a mugidos va a ajustarle las cuentas a Tirso de Molina y a Fernando de Rojas por machistas, a Goya y a Lorca por taurinos, a Albéniz por españolista…

Corregir el pasado es la enfermedad de la que mueren todos los soberbios. Pero de eso no sólo tienen culpa ellos, también la tenemos nosotros, que hemos renunciado a pensar.

Y ahora tenemos que aguantar que un señor que pone a su mujer de ministra con un currículum de cajera de supermercado nos dé lecciones de feminismo, que un partido que negocia con el brazo político de una banda terrorista nos explique la democracia o que los antirracistas que se manifiestan en masa por un asesinato en Estados Unidos acusen de insensatos a quienes van a concentraciones de protesta por los cuarenta mil muertos del coronavirus en España.

Sin pensamiento propio no hay libertad. Y a este ritmo seremos muy pronto como Mammy en «Lo que el viento se llevó». Esclavos.

Alberto García Reyes ( ABC )