Cada mañana me siento frente a dos pantallas: la del ordenador y la del mundo, y me esfuerzo en conseguir meter en la primera todo lo que me sugiere la segunda. Es un ejercicio que realizo en silencio con la intención de descubrir los secretos evidentes que pasan inadvertidos a quienes han dejado que otros les programen sus pensamientos y le dibujen la visión que deben tener de la realidad que les rodea que, a veces, les acosa.

Los pasos que cada uno de nosotros da en la vida hay que caminarlos sin necesidad de que nadie nos diga dónde debemos colocar los pies, porque, aunque a veces se agradece el consejo, nadie antes que tú se ha metido en tus zapatos.

Durante gran parte de mi vida he podido leer libros, ver películas o representaciones teatrales, pasear por el mundo, hablar o escuchar conversaciones en idiomas cercanos o extraños. He discutido con pasión, me han convencido con argumentos y aunque durante esos andares me he cruzado con gente fanática o muy inteligente, jamás como hasta ahora mis pies me condujeron al país de los profetas lobotomizados que en sus cabezas solo tienen consignas.

Creo que la verdadera revolución pendiente del siglo XXI es la rehabilitación de las conciencias como espacios independientes del pensamiento, porque la democratización de la estupidez ha corrido en paralelo a la construcción de numerosos escenarios mediáticos a los que acceden sin ningún pudor los nuevos pobres del universo, que no son los que pasan hambre sino quienes carecen de criterio propio.

Debemos proteger nuestra mente que es el lugar sagrado que se empeñar en profanar los ladrones de esperanzas que intentan colonizar nuestros pensamientos y robarnos las ilusiones. Quieren meterse en nuestras cabezas no para descubrir qué es lo que tenemos dentro sino para vaciarlas de ideas propias y rellenarlas de elementos prefabricados.

Algunos momentos cumbres de la estupidez se están grabando todos los días cuando alguien con una cámara hace una encuesta en la calle y descubre respuestas que nunca nacen de la reflexión sino de la consigna, y lo más triste es cuando una víctima de la ignorancia y del maltrato político, defiende la honestidad de los sinvergüenzas que les mantienen en esa situación.

 Nacemos solos, moriremos solos y el trayecto que va desde el principio al final de nuestra existencia en este mundo debemos hacerlo con la conciencia de nuestra singularidad, aunque vivamos felizmente acompañados de la gente a la que queremos y nos ama.

Diego Armario