La muerte sigue siendo un número todos los días en los telediarios y a pesar de ese goteo incesante de gente que desaparece entre el fuego y las cenizas o las paladas de tierra, los que por ahora sobrevivimos apenas pensamos en esa realidad como algo que nos  está esperando sin cita previa.

Hoy  he leído en El País una entrevista con Viggo Mortensen, actor, director, guionista y poliglota (habla  ocho idiomas), en la que dice que lo primero que piensa todos los días al despertarse es en la muerte,   y tal vez por esa obsesión que le persigue cuando abre los ojos al amanecer, su nueva película “Falling” comienza con una escena en la que un hombre le dice a su hijo recién nacido ““Siento haberte traído a este mundo para que tengas que morir”.

Aunque resulte duro es didáctico hablar de estos temas con naturalidad porque si para algo debe estar preparado el ser humano es para vivir sabiendo que ha venido a este mundo con fecha de caducidad y que la única posibilidad de eternidad que nos asiste  es la memoria que dejemos de nuestro paso por la tierra. Por eso los que sobreviven al que se va solo tienen dos frases para definirlo “Fue una buena persona” o “Fue un hijo de puta”.

Mucha gente no ha visto morir a nadie y por lo tanto es  como si esa realidad no fuera con él porque la muerte solo  es didáctica cuando los que están vivos la ven de cerca. Yo  he sido testigo de la muerte de un buen amigo en un accidente marítimo fuera de España  . Ese día  después de los trámites  y declaraciones que tuvimos que hacer ante la policía de aquel  país, al menos una persona del grupo que hubiese presenciado el accidente debía permanecer junto con el cónsul de España hasta que se trasladase el cadáver de la víctima a la capital de la Republica Dominicana.

Había dos formas de regresar: en un microbús por carreteras infames o en avioneta, y como nadie quería subirse al avión, al final acompañé al cónsul en aquel trámite y ambos regresamos a no sé cuántos pies de altura pensando que si aquello se caía no tendríamos una segunda oportunidad. En esos momentos de poco sirve la promesa indemostrable con la que juegan las religiones cuando hablan de la vida eterna

La gran oportunidad didáctica la estamos teniendo estos meses  en los que los que el número de fallecidos se ha incrementado a causa del coronavirus,  aunque esa advertencia solo la toman en consideración las generaciones que se acercan a ese momento en el que sí o sí les va a tocar desaparecer del censo de los vivos y mirar los ojos de la parca.

Diego Armario