LOS PELIGROSOS RESBALONES DE ICETA

En toda campaña electoral, la prioridad de los candidatos es no cometer errores perfectamente evitables. En la catalana del 21-D esta recomendación es especialmente oportuna por la estrechez de los márgenes entre las opciones nacionalista y no nacionalista y por la disputa interna que existe dentro de cada bloque por el liderazgo. El candidato socialista, Miquel Iceta, ignoró esta prudencia política cuando anunció su disposición favorable a que los dirigentes del proceso separatista querellados por la Fiscalía sean indultados en caso de que se dicte sentencia de condena contra ellos. Ahora, al retractarse de esta imprudencia, con el argumento de que su opinión era prematura, Iceta le ha hecho un roto al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, quien por no desautorizar a su candidato catalán comprometió al partido en un espinoso silencio ante el disparate del indulto.

Es un misterio lo que Iceta pretendiera con esta defensa del derecho de gracia a una trama de golpistas, más allá de atraerse voto nacionalista, pero lo que ha conseguido con toda seguridad es recolocar al socialismo catalán en el laberinto de la indefinición, que en Cataluña siempre es rentable para el nacionalismo. El indulto para unos golpistas sitúa políticamente a quien lo propone en el lado equivocado de la crisis, más aún cuando siquiera han sido condenados.

Es lo que podría haber pedido el día de mañana la maquinaria de propaganda separatista, pero nunca debería haberlo propuesto el candidato de un partido que, a nivel nacional, ha apoyado la aplicación del artículo 155 y las decisiones tomadas por los Tribunales de Justica contra los querellados. Iceta siembra dudas entre sus votantes y regala argumentos a los separatistas. Es la pauta del socialismo catalán desde que, allá por 2003, decidiera competir en nacionalismo con los propios nacionalistas. Así le ha ido.

Si a la petición de indulto se une la propuesta de una condonación de la deuda de la Generalitat, que rondaría los 52.000 millones de euros, resultaría que Iceta está devolviendo el debate sobre el presente y el futuro de los catalanes al terreno nacionalista de los agravios y del victimismo. La conjunción de estos argumentos fomenta el mensaje de que el Estado de Derecho en España y los Tribunales que lo aplican son unos convidados de piedra y, por eso, de antemano hay que pedir al Gobierno el indulto de unos golpistas; y, por otro lado, que, en efecto, si España no roba a Cataluña, se le parece tanto que hay que perdonar una deuda de la que no tiene culpa el resto de los españoles.

El socialismo en Cataluña tendría que sentirse concernido por una política de estabilidad y cohesión, de reconducción de la situación a la normalidad constitucional, en vez de apostar por el viejo y superado enfoque de convertir a los socialistas en comodines del discurso nacionalista.

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